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¡Que tiemble Sebastián!

¡Que tiemble Sebastián!

Por Margarita Londoño, publicado en Las 2 Orillas

A partir de las protestas por el asesinato de George Floyd, en Estados Unidos se desató un movimiento muy grande denominado “las vidas negras valen”, con muchas expresiones y acciones de empoderamiento de la comunidad afroamericana para exigir justicia y hacer conciencia sobre la discriminación. Este movimiento contra el racismo estructural tuvo, por fortuna, repercusión en muchos países, en especial en Europa.

Una de las propuestas surgidas por “Black Lives Matter” fue la de repensar la historia y sus símbolos, que se expresó en el ataque a estatuas de personajes blancos esclavistas o precursores de la nefasta época de la esclavización y la expoliación de los indígenas, como las de Cristobal Colón. No es la primera vez que esto sucede en el mundo, pero nunca había pasado en América. Están tan preocupados los “supremacistas blancos” que Trump advirtió que lo que buscan es reescribir la historia. Y por supuesto de eso se trata.

En Colombia estas protestas fueron débiles, tal vez por la pandemia o tal vez porque el racismo acá es mucho más fuerte y soterrado que en los Estados Unidos. Sin embargo, en redes sociales se ha insinuado qué debemos derrumbar algunas estatuas como por ejemplo la famosa de Sebastián de Belalcázar qué hay en Cali o la de Jiménez de Quesada en Bogotá.

Surge entonces el debate de si derrumbar estatuas es suficiente para reivindicar el derecho a la igualdad de trato y de oportunidades para la comunidad afro y para los pueblos indígenas, tan pisoteados o más que los afro, desde la colonización hasta el siglo XXI.

Para mí es un acto simbólico importante, pero no suficiente. Haciéndolo se pasaría un mensaje a toda la ciudadanía, pero debe acompañarse de una profunda reeducación sobre actitudes racistas, permanentemente camufladas en inequidad y pobreza. Lo que no puede ser, es que quede como un hecho aislado que pueda ser señalado como vandálico. De ser así su efectividad sería coyuntural y no estructural como se necesita.

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Black Lives Matter está democratizando las instituciones de EE.UU.

Number of Black Lives Matter peaceful protests to take place in ...

Por David Brooks, publicado en Rebelión

Por todo el país los movimientos exigen mejoras sociales. «Urge prepararse para la represión neofascista», alerta el activista y académico Cornel West.

Nueva York – Una banda de jazz estilo Nueva Orleans tocaba St. James Infirmary, un blues sobre la muerte de la novia del que lo canta, en el centro de Washington Square, poco antes de que cientos caminaran detrás de ese conjunto unas 30 o más cuadras para ser recibidos en Ocupa Alcaldía, un plantón de manifestantes bajo el lema de las Black Lives Matter (Vidas Negras Valen), parte de un movimiento nacional sin precedente en medio siglo que, por quinta semana, sigue sacudiendo a las cúpulas del país.

El campamento de cientos de personas que se estableció sobre una placita al lado de la alcaldía tiene una “bodega comunitaria, (toma lo que necesites, ofrece lo que puedas), una biblioteca popular que solicita libros radicales para compartir, una carpa de atención médica y mesas para alimentar a todos. De repente hay foros sobre historia, raza y género, y sobre la violencia oficial. Una mujer lee un libro sobre Angela Davis, mientras a unos metros, un DJ pone música hiphopera y algunos bailan, mientras otros tejen. No hay policías, su paso está prohibido (por ahora). Hay líneas pintadas con gis que decoran no policía más allá de este punto. Se solicita que todos usen cubrebocas.

El plantón tiene una serie de demandas, pero la central para esta acción es la del traslado de mil millones de los 6 mil millones de dólares anuales en el presupuesto de la policía de Nueva York a programas sociales, y por ahora se ha logrado un triunfo parcial, algo casi impensable hace un mes. Esto o escenas parecidas se repiten por cientos de ciudades y pueblos a lo largo del país.

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Testimonios: La rebelión empieza en el río Misisipi.

Por María Mansilla, publicado por Rebelión

A través de sus ventanas, con el cuerpo en las manifestaciones, el barbijo no traga el grito de bronca y dolor tras el crimen de George Floyd. Desde Minneapolis, Chicago, Nueva York y Washington inmigrantes latinos cuentan cómo impacta en la vida cotidiana el doble desafío de combatir el coronavirus y activar por los derechos afrolatinos.

Minneapolis

Minneapolis tiene una comunidad progresista y movimientos sociales fuertes. Pero no cruzan el puente. Se quedan del mismo lado en el que viven indígenas, afros y migrantes. Más allá, llegando a Saint-Paul (“San Pablo” para lxs latinxs), hay mansiones y universidades privadas. Es que el Río Misisipi no sólo es una frontera de agua.

Indígenas estadounidenses, afrodescendientes, mexicanos (muchos de Morelos), guatemaltecos, salvadoreños y somalíes son las principales comunidades de esa periferia, donde la renta es barata. Están en barrios que se llaman Powderhorn, Corcoran, Phillips, Central, zonas históricamente olvidadas hasta hace unos cinco años, cuando el pulpo de las inversiones inmobiliarias empezó a echarles el ojo.

El asesinato de George Floyd fue precisamente ahí, en el Barrio Central, en una de sus esquinas, en un espacio urbano que es símbolo de convivencia cultural, étnica y religiosa. Esas calles son una red, y los nodos son negocios familiares como la tienda Cup foods (sus dueños musulmanes habilitaron en el sótano un centro de oración), una iglesia bautista históricamente negra y el negocio del iraní que está cruzando la calle.

—En esa esquina se comete la ejecución pública de un hombre negro por un cheque rebotado de 20 dólares. Por eso la rebelión empieza en Lake y Minnehaha.

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De la emancipación de 1865 al homicidio de George Floyd: 4 puntos para comprender las protestas raciales en EE.UU.

Por Luis Gonzalo Segura, publicado en Rusia Today

“No puedo respirar”, repitió en varias ocasiones George Floyd el pasado 25 de mayo durante los casi nueve minutos en los que el agente Derek Chauvin le presionó el cuello contra el asfalto. Poco después falleció por asfixia y Estados Unidos volvió a sumirse en una nueva revuelta como protesta por el racismo que sufren casi cuarenta millones de afroamericanos –alrededor del 12,4% de la población total–. Una revuelta imposible de comprender sin recordar el pasado.

La Emancipación de 1865: libres, sí; pero no iguales

Para vislumbrar el nivel de la opresión de los afroamericanos en Norteamérica, resulta necesario reseñar que, durante el siglo XIX, incluso aquellos que se mostraban partidarios de la libertad de los esclavos, no tenían muy clara la cuestión de la igualdad: “Nada hay escrito con más seguridad en el libro del destino como que estas gentes han de ser libres; pero no es menos cierto que las dos razas, igualmente libres, no pueden vivir bajo el mismo gobierno” (Thomas Jefferson, 1821). En aquella época, el nivel de racismo llegaba hasta tal punto que, por ejemplo, haber asesinado a un líder indio con las propias manos constituía un motivo de prestigio en unas elecciones –en la década de los treinta del siglo XIX, a Richard M. Johnson, vicepresidente demócrata, se le atribuía haber matado al jefe indio Tecumseh; y a Hugh L. White, uno de los candidatos, se le presumía el asesinato con sus manos del jefe Cherokee–.

Incluso Abraham Lincoln realizaba afirmaciones en 1854 que hoy serían escandalosas: “¿Liberarlos y hacerlos nuestros iguales? Mis propios sentimientos no lo aceptarían”. Realmente, Lincoln se decantaba por liberar a todos los esclavos y “mandarlos a Liberia, su país natal”. De hecho, la Proclamación de Emancipación solo fue una medida bélica en una situación desesperada, prueba de ello es que no se liberó a todos los esclavos de Estados Unidos, sino solo a los esclavos de los estados rebeldes. Ni siquiera quedaban libres los esclavos de los estados esclavistas no rebeldes. Además, dadas las circunstancias, solo era tinta sobre un papel de escaso valor real en la sociedad: el mismo julio de 1863 los disturbios se apoderaron durante cuatro días de Nueva York por el reclutamiento de la población de origen irlandés, la cual no estaba dispuesta a luchar por la libertad de los negros. Los negros conseguían ser libres, a medias, pero desde luego no iguales.

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