A pesar de la fragilidad de sus bases “científicas”, el racismo ha permanecido a lo largo de siglos por intereses de clases, de capas sociales o de grupos. Su irracionalidad desconoce que los seres humanos forman parte de un género biológico y potencia diferencias de “raza”, que nada tienen que ver con la genética, y solo se apoyan en rasgos físicos secundarios, como el color de la piel, el tipo de pelo, la forma de los ojos, de los labios o de las narices. Sus patrones, que incluyen una supuesta belleza construida desde los rasgos elegidos como perfectos o más hermosos, se trasladan a otros aspectos, absurdos por indemostrables, como una mayor o menor inteligencia. El modelo racista se establece a partir de criterios de un “poder”, que rechaza la diferencia y la diversidad, y privilegia la “belleza occidental”: piel blanca, pelo lacio, labios finos, narices perfiladas y rehúsa la de pueblos diferentes, entre estos los de origen asiático, árabe o africano.