«Sin cultura no hay prosperidad ni libertad posibles»

Por Liudmila Peña y Rodolfo Romero, publicado en Alma Mater

Nació en el barrio de Marsillán, cerca del malecón cienfueguero. Creció en aquella ciudad que, fundada por franceses de Burdeos y del sur de Estados Unidos, inspiraría a Benny Moré y se inmortalizaría como la Perla del Sur.

«De la tradición cultural cienfueguera, esa que unos subvaloran y otros exageran, se pueden beber aguas diversas y vivificantes, como las que asimilé, creo, en la medida más justa posible», confiesa.

Es acreedor de la Distinción por la Cultura Nacional (1996), el Premio Nacional de Periodismo Cultural «José Antonio Fernández de Castro» (1999), el Premio de Prensa Escrita «Jorge Enrique Mendoza» (2009), la Medalla Alejo Carpentier (2021), en su primera edición, y el Premio Nacional de Periodismo «José Martí» (2017), pero los reconocimientos no lo encandilan. Pedro de la Hoz desborda sencillez. Habla de su profesión, de cultura, de temas raciales, con pasión y profundidad, da lo mismo que sus interlocutores sean estudiantes, intelectuales o el presidente de la nación.

Su niñez, marcada por los años de la seudorrepública, transcurrió en un entorno urbano social y racialmente estratificado: «La alta burguesía blanca y los que aspiraban a ella, en los repartos de Punta Gorda y Playa Alegre; la clase media, en el centro histórico, con ínfulas los que residían en las cuadras principales del Paseo del Prado; y de allí para allá, en la periferia, la degradación socioeconómica era más visible en la medida en que se alejaban del centro. La escuela pública para los humildes, aunque con una tradición magisterial muy seria; los colegios privados para las élites o para quienes hacían sacrificios a fin de acceder a las matrículas».

En los espacios recreativos también eran evidentes aquellas estratificaciones: «La élite burguesa iba al Cienfuegos Yacht Club; la clase media, al Club Cazadores; los menos pudientes, al Club Deportivo: hablo de personas de tez blanca. Los mulatos y negros, y no precisamente los más pobres, iban al Club Minerva, con una playita alejada de la zona más favorecida del litoral».

Su familia pertenecía a la «mulatocracia» cienfueguera — y aclara que no es suyo el neologismo — , de ahí que cursara sus primeros grados en el colegio de los Maristas. Él y su hermano eran de los pocos mulatos en aquella escuela católica.

Todavía era un niño cuando Pedro de la Hoz recibió las influencias de la juventud revolucionaria — que protagonizaría el alzamiento del 5 de septiembre de 1958 contra la tiranía y que, a partir del triunfo de enero de 1959, se volcaría a las tareas transformadoras emprendidas por la Revolución — y de la tradición cultural cienfueguera.

«Crecí en una ciudad de intelectuales políticamente vehementes e intelectualmente ilustrados como Carlos Rafael Rodríguez y Osvaldo Dorticós; de poetas como Antonio Hurtado del Valle, Mercedes Matamoros, Aldo Menéndez y Alcides Iznaga; de repentistas admirables como Luis Gómez y Rogelio Porres Reyes; de la Orquesta Aragón, la de Efraín Loyola, los Lozano y Rafael Lay, y Los Naranjos en la música popular; y de un ser inclasificable y delirante que hizo suya la ciudad, el inefable Samuel Feijóo».

La madre de Pedro era maestra normalista y estuvo entre las escogidas, al culminar la Campaña de Alfabetización, para dar clases a un grupo de jóvenes que decidieron continuar vinculados a la enseñanza. Con mucho esfuerzo, ella se doctoró en Pedagogía. Recuerda Pedro de la Hoz que «aquel curso se desarrolló en Varadero, y allá fui a vivir durante un año. No olvido la silueta en el horizonte de los barcos yanquis que rodearon la Isla durante la Crisis de Octubre. Nadie en mi familia permaneció ajeno al turbión revolucionario. A mi hermano mayor, los maristas quisieron involucrarlo en la Operación Peter Pan, pero mi madre les respondió que sus hijos no renunciaban a la Patria».

De pequeño, no bastándole Emilio Salgari, Julio Verne o La Edad de Oro de José Martí, empezó a leer novelas publicadas por la Imprenta Nacional de Cuba y la Editorial Nacional. Con nueve o diez años descubrió la poesía y se fascinó con la épica soviética de Sholojov y Simonov, también con Balzac y Pio Baroja. Devoraba los libros sobre la historia de Cuba.

Tras ganar un concurso de monitores de Historia, fue seleccionado para empezar el 7mo. grado en la Escuela Vocacional de Vento — actual IPVCE Vladimir I. Lenin — , en La Habana. Luego de culminar apenas el primer año, enfermó de hepatitis durante una estancia en la Sierra Maestra. Eso determinó que regresara a Cienfuegos y terminara allí la secundaria. Las lecturas se multiplicaron: García Márquez, Cortázar, Vallejo. En la biblioteca devoró los libros que llegaban de la casa española Seix Barral. Los años 1968 y 1969, enfatiza, resultaron fundamentales en su formación.

«Dije adiós a Cienfuegos por un buen tiempo cuando me volví a becar para cursar el preuniversitario en el IPU Carlos Marx, de La Habana. Lo mejor que me pudo pasar; me integré a plenitud al colectivo y descubrí la vida cultural habanera. Nunca olvidaré a amigos para siempre como Carlos León, trovador y luego cineasta; Jorge Petinaud, después periodista; Bladimir Zamora, poeta. El taller literario del Carlos Marx marcó una época, la de mi primer asomo a la madurez».

Pocas personas conocen que usted en su adolescencia estudió piano, ¿cómo fue la transición del estudiante de música al de periodismo?

Antes de terminar la primaria, mi madre y mi tía Lilia, viendo que me encantaba la música, insistieron en que estudiara piano. Tuve maestras particulares e ingresé en el Conservatorio de Cienfuegos, en lo que vendría a ser nivel elemental. Interrumpí los estudios al becarme por primera vez en La Habana y los continué al regreso, pero ya sin tanto entusiasmo y algo desfasado. Saqué las pruebas con gran dificultad, pues la “mecánica” del piano no se me daba bien. Sin embargo, las asignaturas teóricas me deslumbraban: lectura, apreciación, armonía. De haber sabido que existía la Musicología, hubiera apostado por ella.

Curiosamente, al dejar los estudios musicales, mi aspiración era dedicarme a las Ciencias. La Física llamaba mi atención, y mi amigo Tony Bolufé tuvo que ver con eso. Él se formó más tarde como físico nuclear en la Unión Soviética.

Nuevamente en La Habana, las letras me ganaron para siempre. Escribí poesía; conquisté el primer premio de este género en el concurso nacional de los Comité de Defensa de la Revolución; publiqué mis primeros versos en El Caimán Barbudo. Y, como parte de mi conexión cienfueguera, sostuve muy fluidas relaciones con los escritores Osvaldo Navarro, Luis Ramírez, y un ser muy luminoso de esos días, Ricardo Llaguno, a la vuelta de los años director del teatro Terry. Allí refundamos, bajo la sombrilla de la UNEAC, la Brigada Hermanos Saíz.

Mi decisión de estudiar Periodismo, y de ser periodista — que parece lo mismo, pero no es igual — , provino de dos empujones: el primero, del ejemplo de mi tío Roberto González Quesada, quien, por cierto, mereció el Premio Nacional de Periodismo José Martí; y el otro, de que en El Caimán Barbudo me solicitaran una entrevista con Vicentina de la Torre, creadora del Ballet de Camagüey, que compartí con el fotógrafo Enrique de la Uz. Verla publicada fue un alegrón.

Pedro de la Hoz al centro. Foto: Cortesía del entrevistado

El músico que estaba en pausa resurgió desde entonces, no para componer ni interpretar partituras, sino para escribir sobre música. También fue algo natural. A mis tíos Roberto y Lilia los recuerdo todos los días; a él, por transmitirme los misterios del oficio; a ella, por introducirme en el mundo de la ópera en mi niñez.

Nunca hubo obstáculos para llegar a ejercer el periodismo. Eres periodista porque lo sientes; haces periodismo porque respetas sus funciones. Crees en esta profesión en tanto sabes que tiendes puentes informativos, orientadores, humanos, con una audiencia que cree en ti, en la medida en que seas profesionalmente eficiente y éticamente responsable.

Eso lo aprendí de maestros en la escuela y en la vida. En la escuela, de profesores como Nuria Nuiry, Pedro Pablo Rodríguez, Arnaldo Morales, Dolores Nieves, Félix Beltrán, Julio Travieso, Miriam Rodríguez Betancourt y el inefable Peroga. En la vida, muy temprano, de la gente de Bohemia, donde hice prácticas y continué como colaborador: Mario Kuchilán, Fulvio Fuentes, Mario García del Cueto, Juan Antonio Pola, Leonel López Nussa, Ángel Guerra, Azucena Plasencia, Ilse Bulit, el fotógrafo Tony Martin y el diseñador Luis Alonso, hermano de Pacho Alonso. En cuanto a la crítica musical, conté con estímulos de Sergio Fernández Barroso y Helio Orovio. Y de Llaguno, que cada vez que iba a Cienfuegos me decía que eso era lo mío.

En este recuento no puedo dejar de mencionar a cuatro personas decisivas en mi carrera periodística: Enrique Román y Pedro Hernández Soto, los mejores directores que he tenido; Marta Rojas, madre, hermana, colega; y alguien que me puso en el camino de hacer libros, Luis Báez, el mejor periodista interrogador que ha dado Cuba.

¿Cómo recuerda su paso por los periódicos 5 de septiembre (Cienfuegos) y Vanguardia (Villa Clara)?

Participé en la fundación del diario cienfueguero, con Román como director. Hacía de todo en la redacción y en la calle. Me vinculé con los cajeros y linotipistas, con quienes aprendí muchísimo. A Román lo enviaron pronto a cumplir una tarea en Mozambique y quien lo sustituyó no me quiso tanto. De El Caimán Barbudo me solicitaron, pero los dirigentes de la esfera que atendía el periódico me pusieron bola negra. Yo era muy crítico, creía en lo que estaba dicho en las resoluciones del Partido sobre la función crítica del periodismo. Recuerdo un reportaje sobre una cucaracha muerta en el interior de una botella de refresco: hice la denuncia en el diario y me llamaron extremista, irresponsable, frívolo. A los cuadros les caí mal e hicieron lo imposible porque dejara el periódico. Hasta mi imagen chocaba: un glamoroso espeldrún. Por demás, me había casado y, por razones que ahora no vienen al caso, el matrimonio naufragó.

Por suerte, había estado ya en Vanguardia y hacia allá fui. Pedro Hernández me acogió en la redacción, pero me dijo que las notas culturales y la crítica artística no serían mis tareas fundamentales, que le hacía falta que encabezara el equipo económico. Hasta me mandó un año a la Escuela del Partido Ñico López.

Conozco Villa Clara mejor que Cienfuegos, es una especie de patria chica adoptiva. Viví con mi tío Roberto y con la que es hasta hoy mi compañera, Virginia Alberdi, crítica de arte. A Santa Clara vuelvo una y otra vez.

Antes de ser el primer director de la revista Arte Cubano, fundó el suplemento Huella, en Villa Clara. Cuéntenos un poco de ambas experiencias.

Vanguardia le nació un suplemento cultural, no por mandato, sino por necesidad; tan rica y diversa se presentaba la vida cultural del territorio villaclareño. Pedro Hernández pensó en mí para ponerlo en marcha. Huella tuvo una periodicidad mensual. Lo primero fue nuclear a colaboradores. Fue un verdadero lujo contar con José Luis Rodríguez de Armas, el Chino, que años más tarde desarrolló en México una carrera impresionante como crítico y curador. Los poetas estaban a la orden del día: René Batista Moreno, Ricardito Riverón, Frank Abel Dopico, Arístides Vega; el crítico de cine y dibujante Alberto Anido; los profesores de la Universidad Central de Las Villas, y el fantasma real de Samuel Feijóo, revistero y trashumante, que en el Parque Vidal me dijo más de una vez: «Vas bien, vas mal, ahora sí, no te metas en eso, pon las cosas en su sitio».

Luego, a mediados de los años noventa, Omar González, que dirigía el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, me propuso ser editor principal de Arte Cubano. No me sentía muy cómodo en ese ámbito; no era que lo desconociera, tenía muchos amigos entre pintores, grabadores y escultores, pero requería un esfuerzo especial. Afortunadamente para mí, el director artístico de la naciente publicación fue mi amigo y hermano Frémez (José Gómez Fresquet), y a él le debo el haber armado los dos primeros números de una publicación que dejé, pienso yo, en buenas manos.

En la mismísima acta de bautismo estaba presente la idea de que la revista fuera el núcleo irradiante de una empresa mayor, un sello editorial. Hasta ese momento no solo faltaba una publicación especializada, sino también una saga editorial consistente de libros sobre arte. Aclaro, no libros de arte ni catálogos razonados, muy necesarios, sino que abordaran de manera integral la historia, evolución, líneas de desarrollo, novedades y, por qué no, conflictos, contradicciones, debates y polémicas inherentes a la creación artística visual cubana, sin obviar, como después se hizo, los espacios dedicados a la teoría del arte. Incluso soñábamos con producciones multimediales en una época en que tan solo pensarlas era una utopía.

Durante años dirigió la redacción Cultural del periódico Granma. ¿Cuán difícil resultó reflejar el ámbito cultural en el órgano del Partido Comunista de Cuba? ¿De aquella etapa qué recuerda con mayor nostalgia?

Granma llegué de la mano de Marta Rojas, que me fue a buscar en 1988 a Santa Clara, y de Román, que relevó al inmenso Jorge Enrique Mendoza. Me dediqué fundamentalmente a la crítica de televisión, de música de concierto y de jazz, aunque, claro está, no me limité a ello. Rolando Pérez Betancourt, mi jefe, soltó mis riendas. Nunca olvidaré mi primera cobertura internacional allí — ya había hecho en Vanguardia una gira por Nicaragua con Teatro Escambray — : el concierto de Silvio en el Estadio Nacional de Chile, apenas unos días después del retorno de la frágil y mediatizada democracia.

Lejos estaba de imaginar que a la vuelta de poco más de una década ocuparía, por 11 años, la jefatura de la Redacción Cultural. No fue difícil conjugar intereses. La política editorial se articulaba con robustez en el plano cultural y los directivos que sucedieron a Román lo respetaron siempre. O, mejor dicho, casi siempre, pues hubo, lógicamente, discusiones, controversias, saldadas a favor de la cultura. Una política editorial que hizo suyos los principios de la política cultural, sin dogmas ni esquemas, llevó a buen puerto todo lo que me propuse junto a un equipo de redactores de alto calibre y colaboradores de primera línea como Amadito del Pino y Rogelio Riverón.

Si de algo siento nostalgia es de las noches en Granma. De las conversaciones con Manuel Piñeiro, el legendario Barbarroja; Gustavo Robreño, memorioso como su padre; Félix Pita Astudillo, agudo y genial; y Luis Báez, los entresijos de la Revolución a flor de labios.

¿Cuánto ha bebido el periodismo cultural actual de la experiencia que le antecedió?

No es una redundancia retórica que traiga a colación la importancia que tiene para el periodismo cultural ser culto. En la historia existen paradigmas, desde José Martí hasta Alejo Carpentier. Valdría la pena un estudio a fondo y una antología del periodismo cultural cubano desde finales del siglo XIX hasta finales del siglo XX. Y no hablo de crítica artística y literaria, que es una zona del periodismo cultural, sino de franjas más amplias y múltiples.

Cabrían dos precisiones más. No confundir el concepto y la práctica del periodismo cultural, con el periodismo literario. Menos aún confundirlo con la farándula, más cercana a la crónica social.

Un periodista en posesión de armas intelectuales e ideológicas — no le temo a esta palabra — no tiene por qué establecer compartimentos estancos entre bellas artes y cultura popular. La cultura es una sola, diversa, poliédrica, multifuncional y en ella se articulan saberes diferentes que convergen en producir significados y dar sentido a la vida. Me confirmó en esa idea alguien a quien quiero y extraño, el doctor Armando Hart.

El gran riesgo de estos tiempos pasa por la inmediatez de los procesos informativos y desinformativos. Las redes digitales apuntan más a la emoción que a los argumentos, a lo efímero que a los contextos, algo que no nació con las redes sino con columnas faranduleras de diarios y revistas, programas de radio y noticieros televisivos. La fama como noción de éxito, el consumo en lugar de la recepción.

Para él intercambiar con la vanguardia artística es algo imprescindible, pues permite aportar al desarrollo de un pensamiento emancipador, espiritualmente complejo y enriquecedor, siempre con amplitud de miras.

Foto: Cortesía del entrevistado

«La vanguardia se extiende a lo largo y ancho del país. Hay que ir a Santiago para respirar el legado de Joel James, los trabajos y los días de mi gente de la Casa del Caribe, las músicas más sabrosas para el alma divertir. Hay que ir a Pinar del Río para encontrar al escritor que, junto a Codina y Félix Julio, más le sabe al legado cultural de la pelota cubana, Martínez de Osaba; o admirar los poemas de Nelson Simón; o la colección músico-gráfica del centro Argeliers León».

Lo cierto es que, desde 1977 ha estado ora como delegado, ora como periodista, en todos los congresos de la UNEAC, lo cual, sin dudas, ha contribuido a su visión acerca de la cultura cubana. Además de sus funciones como vicepresidente de la organización, desde 2016 preside la Comisión José Antonio Aponte.

«Esta comisión permanente de trabajo de la UNEAC surgió en 2009, con el antecedente de los intercambios entre Fidel y los delegados al Congreso de la organización en 1998, y lo que había logrado el proyecto Color Cubano en años precedentes — explica de la Hoz — . Se imponía un salto de calidad que transitara del diagnóstico al emprendimiento de acciones y propuestas para enfrentar el racismo y la discriminación racial en nuestro ámbito desde una perspectiva cultural».

El exdiplomático y escritor Heriberto Feraudy, a propuesta de Miguel Barnet, encabezó la comisión hasta 2016. A él se le debe que adoptara el nombre de José Antonio Aponte, para honrar al precursor del independentismo y el abolicionismo en Cuba.

«Desde esta responsabilidad me ha tocado vivir en primera fila el proceso de transformación de la lucha emprendida por la organización y el movimiento de activismo antirracista en el país en el Programa Nacional contra el Racismo y la Discriminación Racial, liderado por el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel. Trabajamos por combatir, desde la educación, la comunicación y la cultura, cualquier manifestación discriminatoria, y así completar la obra de justicia de la Revolución Cubana. Como afirmó el destacado intelectual Fernando Martínez Heredia, el socialismo tiene que ser necesariamente antirracista».

Como parte del trabajo impulsado desde la comisión, se han estrechado alianzas con las fundaciones Fernando Ortiz y Nicolás Guillén, con activistas e instituciones culturales, al tiempo que se han desarrollado acciones destinadas a enaltecer la memoria histórica.

¿Cómo se explica que, siendo herederos del ajiaco cultural del que hablara Fernando Ortiz y del mestizaje genético del que procedemos los cubanos, fuese necesario crear un programa nacional para combatir la discriminación racial? ¿Cuán difícil resulta en Cuba desterrar prejuicios y actitudes racistas? Son preguntas que demandan respuestas complejas, difíciles de contestar en la brevedad de una entrevista como esta. Sin embargo, sirven de punto de partida para continuar el debate.

«Desde el mismo 1ro. de enero de 1959, la Revolución comenzó a desmontar los pilares del racismo institucional y estructural arraigado por el régimen colonial y la explotación de la esclavitud, prevaleciente luego durante la primera etapa republicana», explica.

En este esfuerzo colectivo, Pedro destaca como fortalezas el pensamiento antirracista de Fidel, de profundas raíces martianas y maceístas, las contribuciones Raúl, y la tradición combativa encarnada por ilustres intelectuales cubanos como Nicolás Guillén y Fernando Ortiz.

Pedro recuerda a Fidel, cuando el 8 de septiembre de 2000, en un acto solidario efectuado en la iglesia Riverdale, en el barrio neoyorquino de Harlem, reconocía: «No pretendo presentar a nuestra patria como modelo perfecto de igualdad y justicia. Creíamos al principio que, al establecer la más absoluta igualdad ante la ley y la absoluta intolerancia contra toda manifestación de discriminación sexual, como es el caso de la mujer, o racial, como es el caso de las minorías étnicas, desaparecerían de nuestra sociedad. Tiempo tardamos en descubrir que la marginalidad, y con ella la discriminación racial, es algo que no se suprime con una ley ni con diez leyes, y aún en 40 años nosotros no hemos logrado suprimirla totalmente».

Con anterioridad, en el VI Congreso de la UNEAC, Fidel había planteado: «Parecía que dándole oportunidades a todos y abriendo aquellos clubes aristocráticos a toda la población y el acceso a las playas y las escuelas, a las universidades (…) estábamos logrando hacer desaparecer la discriminación. Pero hemos comprendido que el problema es mucho más serio. Creíamos que, incluso desapareciendo las clases y los explotadores y los ricos, se iba a crear la verdadera igualdad de oportunidades para todos. Pero después nos dimos cuenta de que la discriminación era un aspecto social y cultural».

Por eso, cuando le preguntamos a Pedro por el diagnóstico actual del problema, él argumenta la evidencia de las desventajas históricamente acumuladas asociadas al color de la piel. «Los puntos de partida para la realización de los proyectos de vida de las personas negras o pardas han sido distintos y distantes, en la inmensa mayoría, de las de piel blanca. De tales desventajas se derivan asimetrías económicas y sociales, y vulnerabilidades medibles y perceptibles en la realidad cubana actual, aunque requeridas de más exhaustivas indagaciones».

«En los factores subjetivos se hace notar una insuficiente toma de conciencia acerca del arrastre de prejuicios y percepciones distorsionadas sobre el verdadero perfil del etnos cubano; así como carencias y vacíos en la sistematización y consistencia de la introducción del antirracismo como valor sustancial en la labor política-ideológica revolucionaria, que redunde en la concientización de que los prejuicios raciales son totalmente incompatibles con el proyecto socialista cubano», agrega.

Háblenos sobre su libro África en la Revolución Cubana (Editorial Letras Cubanas, 2004; Ocean Sur, 2019). ¿Cuánto tenemos de Congo y cuánto de Carabalí?

Este libro surgió a solicitud de Abel Prieto, a quien me unen lazos de amistad, más que de trabajo. En los primeros años de este siglo se hablaba, una vez más, de cómo la Revolución había pasado por alto el legado africano. Qué ignorancia, qué mala leche. Por muchos vacíos, prejuicios y errores en la aplicación de la política cultural, era innegable e inocultable la obra revolucionaria a favor de ese legado.

Se trataba de escribir un breviario que recorriera rápidamente, pero con pruebas, el recorrido del arte, las letras y la labor patrimonial por las rutas de África y las huellas africanas en nuestra historia y cultura.

Había que poner esto en evidencia, no solo para los negadores de siempre, sino para nuestros propios conciudadanos. Somos una nación esencialmente mestiza y debemos sentir orgullo de ese mestizaje, pensándolo en el día a día, en nuestras prácticas culturales, en nuestra espiritualidad cotidiana.

Otros dos volúmenes de su autoría se acercan a la figura de Evo Morales: Evo, espuma de plata (2008) y Todos somos Evo (2009). ¿Qué lazos lo atan a la nación boliviana y específicamente al presidente indígena?

El fraterno Luis Báez me habló, de un día para otro, de la oportunidad de viajar a Bolivia para escribir un libro sobre el proceso revolucionario democrático que emprendía la nación. Fue la primera de siete estancias en Bolivia, seis entre 2008 y 2011, y una más a finales de 2018.

Entré en contacto con uno de los países más pobres del hemisferio, con sus realidades contrastantes. Lo mismo el occidente andino que las selvas y llanos orientales. A comprender las complejidades de aquel país me ayudaron mucho Sacha Llorenti, actualmente secretario de ALBA-TCP, y Juan Ramón Quintana, entonces ministro de la Presidencia.

Me situé en el centro de un proceso descomunal, radical en un sentido, y en otros no. Las deformaciones coloniales y neocoloniales, la intromisión estadounidense y la oligarquía local se encargaron de minar un proyecto que intentaba reflotar tras el regreso de la democracia.

Lo que más me impresionó tiene que ver con Cuba: la visita a la escuelita donde asesinaron al Che y el culto de los humildes de la zona al guerrillero heroico. Solamente recorriendo esos parajes se puede tener una idea de la grandeza y las angustias de la epopeya boliviana del Che.

Con Evo me encontré varias veces. Luis y yo lo entrevistamos por la madrugada. Nos citó aquella vez a las cinco de la mañana, cuando hacía ya una hora había comenzado su jornada de trabajo. Lo seguimos en actos de masas y recorridos. Conversé profundamente con militantes y seguidores, pero también con adversarios que le profesaban aparente respeto, aunque el racismo les comiera las entrañas.

De Evo destaco la humildad, la paciencia, la sabiduría al escuchar, el poder de rectificación y su limpieza moral.

En los días tormentosos del golpe de Estado contra Evo, usted sostuvo distintas polémicas con otros compañeros, algunas de ellas públicas en redes sociales. ¿Cuáles fueron las principales enseñanzas de aquellos sucesos?

Tres enseñanzas: no se puede confiar en lo que se ha hecho si no se consolida; no se puede dejar a la espontaneidad la organización de las fuerzas populares; no se puede pensar que la derecha duerme. Hay que descapitalizar el capitalismo para poder avanzar.

Foto: Cortesía del entrevistado

Casi al final de nuestra conversación, Pedro evoca a Armando Hart: «Él solía decir que temía que un día tuviéramos prosperidad material, que incluso terminara el bloqueo, y que, cuando nos mirásemos, viéramos que estábamos vacíos por dentro».

¿Cuán decisiva es para el futuro de la nación librar esta guerra cultural en la que estamos sumergidos? — preguntamos — . ¿Tiene fe en el poder de la prensa cubana y en la capacidad de sus profesionales para responder a la altura de lo que la comunicación y el contexto actual precisan?

«Sin cultura no hay prosperidad ni libertad posibles. No son consignas, sino realidades evidentes. Quisiera colocar en dos planos convergentes la respuesta: la creación artística y literaria y el periodismo como actividad intelectual de primer orden», nos dice.

Rememora Palabras a los intelectuales, en cuya vigencia Pedro no se cansa de insistir. «Fidel no exigió a ningún creador que para llevar a cabo su obra tenía que ser explícitamente revolucionaria, ni que debía hacer pública una profesión de fe. Abogó por la participación inclusiva y la confianza en los creadores. Ningún dogma y plena libertad. Como único límite: el derecho a la Revolución de defenderse, más ante poderosos enemigos que intentaban entonces, como ahora, derrocarla. Con el agravante de que no sería un simple cambio de sistema político, sino, como se ha visto hasta hoy, la pretensión de destruir la nación y la identidad misma desde sus bases más profundas».

Con igual transparencia, reconoce que la construcción de una cultura inclusiva desde la perspectiva socialista presuponía un reto que se presentaba como exigencia permanente, y admite que también han existido errores, interpretaciones espurias, desviaciones oportunistas, repuntes dogmáticos y posicionamientos encontrados entre directivos y creadores, que han luchado por sus cuotas de poder.

«Las rectificaciones a tiempo y, sobre todo, la consecuente aplicación de los principios fidelistas, asumidos e interpretados desde el Partido, y el sistema de instituciones educacionales y culturales en su conjunto en años sucesivos, han preservado el carácter participativo e inclusivo de la vida cultural cubana y su enlace y comunicación con otras culturas del mundo».

Pedro llama la atención sobre cómo, en aviesa tergiversación, los enemigos modifican la frase a conveniencia, posicionando un «fuera de la Revolución, nada», que niega la esencia misma del planteo fidelista. Con igual convicción, insiste en que sumar es tarea difícil, pero imprescindible. «Sumar las partes para lograr una nueva cualidad. La mediocridad no puede tener cabida. La contrarrevolución y el neoplattismo son mediocres per se».

Por último, retoma la misión del periodismo. «Tiene que reinventarse cada día, no solo ser creíble, sino constituirse como agente movilizador y concientizador, y hacerlo desde el rigor y la belleza. El periodista no es un agitador propagandista, sino un factor que cala la realidad, la cuestiona y avizora puertas. Y debe estar preparado para defender símbolos. Para ello hace falta cultura integral, cultura política, olfato y oficio. En la nueva generación emergen voces afiladas que renuevan mi fe en una profesión a la que he dado razón y vida».

Publicado el 26 mayo, 2022 en Cuba, Cultura y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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