El primer Santo de América.

Por Ana Laura Palomino García, publicado en Contexto Latinoamericano.

«En nombre de Dios y de este pueblo sufrido… les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, cese la represión». Con estas palabras impregnadas de denuncia firmaba su sentencia de muerte monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador y fiel defensor de los derechos humanos.

El acto homicida ocurrió durante una misa el 24 de marzo de 1980, privando así a América Latina de uno de sus hijos más ilustres y demostrando los pocos escrúpulos de la ultraderecha salvadoreña.

La muerte, sin embargo, no es el fin cuando se ha cumplido bien la obra de la vida, y Arnulfo Romero lo demostró no solo por convertirse en el primer Santo de América, sino por la devoción con la que más de 20 años después de su desaparición física lo recuerdan sus seguidores.

Orígenes de un hombre de pueblo

El padre Óscar Arnulfo Romero nació en El Salvador el 15 de agosto 1917, en la Ciudad Barrios, departamento de San Miguel. Su familia, de origen humilde y modesta, estaba constituida por su padre, Santos, su madre, Guadalupe, y sus siete hermanos.

Vivió en el colegio Pío Latinoamericano (casa que alberga a estudiantes de Latinoamérica) hasta 1942, luego de haber sido ordenado sacerdote en abril de ese año con tan solo 24 años de edad.

En 1943, Romero comenzó a ejercer como párroco de la ciudad de Anamorós, en La Unión; más adelante, fue enviado a la ciudad de San Miguel donde sirvió como párroco en la Catedral de Nuestra Señora de La Paz y como secretario del Obispo diocesano, monseñor Miguel Ángel Machado.

Posteriormente, fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador, en 1968. El 21 de abril de 1970, el papa Pablo VI lo designó Obispo Auxiliar de San Salvador, recibiendo la consagración episcopal el 21 de junio de 1970.

Sin embargo, fue señalado prontamente por los elementos de derecha de su nación, quienes encontraban en el Obispo una figura discordante y muy peligrosa para sus planes.

Esto trajo consigo que fuera objeto de una campaña de descrédito contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma. A través de la prensa escrita era insultado y calumniado.

Una de las publicaciones más reveladoras sobre este tema es del periodista Carlos Dada, fiel defensor de la obra de Arnulfo Romero, quien relata cómo en los últimos 6 meses antes del asesinato del Santo de América esa nación centroamericana «había vivido un golpe de Estado; dos renuncias masivas de civiles en el gobierno y cinco mil asesinatos atribuidos a los cuerpos de seguridad, a paramilitares y a organizaciones guerrilleras. El ala más dura del Ejército se había hecho con el control absoluto del aparato de seguridad; y estructuras paramilitares conocidas como los Escuadrones de la Muerte, operando al amparo de oficiales de alto rango, multiplicaban sus operaciones nocturnas de asesinatos y desapariciones.»

Por si fuera poco, Dada comenta que Romero se había convertido en una persona de interés ya que sus homilías dominicales eran el único noticiero confiable y el reporte más completo de violaciones a los derechos humanos, «era cronista minucioso del meteórico proceso que llevaba al país a la guerra».

Asimismo, no solo era una «piedra en el zapato» para el poder tradicional salvadoreño; sino también para la administración estadounidense de Jimmy Carter, que hacía malabares para mantener su apoyo a un gobierno salvadoreño dominado por un aparato militar represivo, mientras oficialmente basaba su política exterior en la defensa de los derechos humanos.

24 de marzo de 1980

A las 6.00 de la mañana del lunes 24 de marzo sonó el teléfono en el Hospital de la Divina Providencia. Fue la primera llamada de siete u ocho que las hermanas Carmelitas recibirían aquella mañana de personas preocupadas por la seguridad del Obispo.

La primera llamada alertó a las religiosas del anuncio y ellas advirtieron también sus temores al arzobispo. Las amenazas de muerte contra Romero se habían intensificado y temían un atentado en cualquier momento.

Pero, a pesar de los temores de muchos, no se previa que ese día fuera la última misa del Monseñor.

«Romero leyó del Evangelio según San Juan. Era una misa corta; y la homilía fue breve. Mientras la pronunciaba, un automóvil Volkswagen Passat cruzó frente a la capilla, dio la vuelta en el estacionamiento y se quedó en posición de salida, justo frente a la puerta principal de la capilla. Solo Romero pudo haberlo notado, porque los escasos asistentes a la misa estaban de espaldas a la puerta. Pero afuera algunas personas vieron el carro. Parecía tener un desperfecto mecánico porque el conductor forcejeaba la palanca de velocidades. En el asiento de atrás otro hombre esperaba. A exactamente treinta y un metros con diez centímetros de distancia, Romero pontificaba desde el altar. Dirigió la mirada hacia afuera. Nunca sabremos si logró ver al hombre barbado que, desde la ventanilla de atrás del Passat, sacó un rifle y le apuntó».

A pesar del entusiasmo colectivo y las incansables investigaciones, su asesinato sigue sin resolverse. El mayor Roberto d’Aubuisson, fallecido por un cáncer en 1992 y fundador del partido ARENA (derecha) que gobernó el país durante 20 años, es señalado por multitud de informes oficiales, investigaciones y testimonios como el autor intelectual del asesinato; sin embargo, a día de hoy, su muerte sigue sin ser aclarada por las autoridades.

Publicado el 17 abril, 2021 en El Salvador, iglesia católica, Uncategorized y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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