Sí, todos lo sabemos de sobra. Que en su faltriquera —o no sé dónde— guarda premios que pueden nombrarse Óscar o Palma de Oro. Pero, por encima de todos sus fulgurantes galardones, el cineasta Michael Francis Moore (Flint, Michigan, 1954) debe sentir orgullo por una virtud divina que lo adorna: tremenda mala leche —que Dios se la bendiga— y una lengua que destila lo que mi pueblo denomina como “ácido de acumulador”.

No le tembló ni un músculo de la cara a la hora de denunciar que el gobernador de Michigan estaba permitiendo que la población recibiese agua con altísimo contenido de plomo, causante del terrible saturnismo.