Harris, Biden y nuestras tres pandemias.

Por Max J. Castro, publicado en Progreso Semanal

Estamos viviendo tres pandemias simultáneas, tiempos espantosos, pero hoy tengo una nueva esperanza y el nombre de esa esperanza es Kamala Harris.

Kamala Harris aporta muchas ventajas a Joe Biden, pero quizás igual de importante es lo que dice acerca de Joe Biden y el contraste que establece su selección entre su carácter y el del hombre que se encuentra hoy en la Casa Blanca.

Joe Biden no tiene miedo de seleccionar a una socia política que estuvo dispuesta a darle duros golpes al ex vicepresidente durante las primarias. Esto nos dice que él no está buscando a un lamebotas incompetente, sino a gente de talento, audaz y valiente, aquellos que estén dispuestos a golpear hacia arriba en lugar de patear hacia abajo.

Joe Biden no es un hombre cruel y mezquino, vengativo y empeñado en castigar a cualquiera que no esté de acuerdo con él. Estos incluyen a todos los que se resisten a sus demandas ilegítimas —desde un presidente ucraniano y todo su país, hasta un fiscal general republicano derechista de Alabama—.

Joe Biden puede tener más edad que Donald Trump, pero su selección muestra que no está atrapado en un pasado mítico en el que Estados Unidos era genial para cualquier hombre, “libre, blanco y mayor de veintiún años”. Joe Biden puede que sea un hombre blanco mayor, pero sabe que el futuro estadounidense se parece más a Kamala Harris —mujer afroamericana, hija de inmigrantes– que al país monocromático y culturalmente monolítico que Donald Trump y sus seguidores más rabiosos ven a través de la pequeña pantalla de un televisor en blanco y negro de 1950.

Joe Biden es católico, pero sabe que los milagros no resuelven pandemias u otros problemas prácticos, por lo que eligió a alguien que, como exitosa fiscal profesional, tuvo que depender de evidencias, en lo que se puede probar, y no en ilusiones, meras mentiras o alucinaciones. Alguien que sabe que no se convence a un jurado con tonterías, que se necesitan hechos, testimonio de verdaderos científicos, evidencia forense presentada por verdaderos patólogos y no charlatanes con un título médico.

Hoy, más que nunca, este país necesita líderes como Biden y Harris. Vivimos tres pandemias: la epidemiológica, que ya ha matado a 165 000 estadounidenses, la mayoría de los cuales estarían vivos si la política se hubiera establecido por medio de diferentes prioridades y actores. Estamos soportando una pandemia de odio racial, con el racismo como trasfondo omnipresente en la historia estadounidense que este presidente ha aprovechado y canalizado para barrer con décadas de progreso racial —insuficiente, pero real. Y estamos viviendo una pandemia de desigualdad económica, global, pero con un epicentro claro en Estados Unidos, y como resultado nos alejamos cada vez más de la democracia y nos acercamos cada vez más a la plutocracia.

Las pandemias son globales. Somos el país mejor posicionado para hacer frente a estos flagelos mundiales, pero casi ningún país ha hecho menos o lo ha hecho peor. El COVID-19 afectó a toda Europa, pero en las naciones democráticas donde el gobierno tiene que responder al pueblo por muertes innecesarias, los gobiernos pidieron la solidaridad de la gente con sus conciudadanos, establecieron reglas estrictas y las hicieron cumplir, y prácticamente aplastaron el virus.

En Estados Unidos el presidente Donald Trump actúa como si siguiera la tesis de que cada hombre y mujer, cada estado, cada empresa, es una isla en sí misma, no un pedazo del continente, no una parte de lo principal. Donald Trump no manda a preguntar por quién doblan las campanas, porque no le importa, porque sabe que doblan por los heroicos sanadores, los trabajadores “esenciales” de las minorías desechables, los viejos almacenados, y él no es ninguno de esos.

Alemania es quizás uno de los pocos países del mundo que tiene una peor historia de odio racial que Estados Unidos y un movimiento de extrema derecha igualmente alarmante. Pero la líder del país, la canciller conservadora Angela Merkel, a diferencia de los nuestros, no aviva el fuego, sino que trata de apagarlo —a un costo político, especialmente para un conservador. No comparto el punto de vista ideológico de Merkel, pero reconozco un perfil en decencia y coraje, tanto cuando lo veo como cuando veo su contrario.

La desigualdad es inherente al capitalismo, pero se convierte en una pandemia cuando llega a un extremo y donde cada política promulgada solo la aumenta. Ese ha sido el caso en Estados Unidos más que en cualquiera de nuestros países homólogos (incluso Gran Bretaña, que sufrió a Thatcher, todavía tiene su Servicio Nacional de Salud) desde principios de la década de 1980. La única forma de contrarrestar la inclinación natural del capitalismo hacia una mayor desigualdad es resistir. Hemos estado haciendo exactamente lo contrario durante cuatro décadas y se nota en todos los indicadores del bienestar general de un pueblo.

Biden rechazará la pandemia de la desigualdad y las otras también, no con tanta fuerza como yo quisiera, pero más de lo que haría si no estuviera siendo arrastrado por una constelación de fuerzas más fuertes y progresistas que él. Biden no necesita un meteorólogo para saber en qué dirección sopla el viento, como demuestra su selección de Harris, y no atacará los molinos de viento oponiéndose a sus seguidores más firmes.

Más allá de la plutocracia, Biden, por ejemplo, no tiene interés en aupar el racismo o la xenofobia, o no habría escogido a Harris. Tampoco podría, si se inclinara a repetir sus errores acerca de la eliminación de la segregación escolar de hace una generación. Por eso, Kamala Harris le dio un puñetazo de nocao en los debates. Volvió a levantarse, perdió el asalto, pero no la pelea, y aprendió. Joe Biden es resistente, tiene una piel bastante gruesa, pero carece de un ego grotescamente inflado, pero delgado como el papel, a diferencia de ya saben quién.

Algunos progresistas, entre los que me incluyo, no vemos en Biden-Harris la candidatura de nuestros sueños. ¿Y qué? En política no se trata de fantasías personales. La pregunta, la única pregunta urgente para los progresistas y para todos los estadounidenses es: ¿qué debemos hacer?

La respuesta es apoyar a Biden-Harris de todo corazón. Es la mejor opción. Es la única opción. Es una buena opción. Es una mejor opción que la alternativa, pero por una milla métrica como mínimo, tal vez hasta una legua.

Kamala Harris. Esta noche, después de escuchar las noticias y lamentar la cantidad obscena de personas que murieron hoy, guardaré algo de mi corazón y mi alma para celebrar. Kamala Harris. Tuvimos suerte. Ahora tenemos que hacerlo bien.

Publicado el 13 agosto, 2020 en #Coronavirus, #Desigualdad, EE.UU, elecciones presidenciales, racismo y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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