Crónicas desde El Salvador: Mitos populares,similares cauces con Cuba.

mitos

Por Brenda Murillo.

Desde que vine a vivir a El Salvador he escuchado de sus mitos en voces de ancianos, adultos y niños y me ha maravillado el parecido de sus esencias narrativas con los mitos cubanos. Como cualquier mito, son relatos tradicionales, que se transmiten de forma oral y narran acontecimientos prodigiosos, protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios, que buscan dar una explicación, generalmente nada racional, a hechos o fenómenos.

Como todo mito, se entrelazan con formas de religiosidad y supersticiones, integrando el sistema de creencias de una cultura o de una comunidad, donde son considerados con visos de certeza.

Para ejemplificar sobre sus nexos y, a partir de mi experiencia personal, tanto en Cuba como en El Salvador, empezaré por dos que narran sucesos de la etapa precolombina, protagonizados por los aborígenes. Los salvadoreños hablan de Chasca, también conocida como “la virgen del agua”, hija de un hombre rico de nombre Pachacutec, el cual la tenía comprometida con un príncipe de una tribu zutuhil[1]. ​ Sin embargo, Chasca tenía su corazón entregado al joven pescador Acayatl y se veía con él a escondidas de su padre en la playa; donde él, desde su balsa le cantaba dulces canciones.

Un día nefasto, un enviado de Pachacutec asesinó a Acayatl mientras regresaba de la pesca. A lo lejos Chasca observó el crimen y decidió acompañar a su amado en la muerte, amarró una piedra a su cintura y se lanzó al agua.

El espíritu de Chasca apareció por vez primera en una canoa blanca al lado de Acayatl en la siguiente noche de luna llena y lo hace desde entonces. Cada vez que los pescadores se dan cuenta de la luna llena, ellos no salen en busca de pesca ya que por respeto no quieren perturbar a la virgen del agua y a su amado, ellos a ver el respeto, les bendicen las pescas.

En Cuba, perdura el mito de la india dormida, el cual me trae gratamente a mi infancia. Conocí del mito de boca de mis abuelos maternos y siempre lo recuerdo con mucho agrado. Cada vez que viajo a la ciudad de Matanzas, lo primero que hago es buscar las formas de la mencionada india y enseñárselas a quienes me acompañan.

La india no es otra cosa que el Pan de Matanzas, elevación de mayor altura de la ciudad con 389 metros sobre el nivel del mar; accidente geográfico que, según cuentan, tiene su surgimiento en el poblado amerindio de Yucayo, donde vivió una hermosa india llamada Baiguana. Era tal la belleza de la india que enloquecía a los hombres porque a todos buscaba y a todos se entregaba, por lo que fue obligada por el cacique a vivir lejos de la aldea. Pero todos los hombres iban hacia Baiguana y la pesca, la caza y los sembrados se perdían por falta de atención.

Entonces el cacique Manguaní fue al río Jibacabuya, que era el más poderoso afluente del río Largo, para hablarle a la boca de agua del Dios Murciélago y pedirle consejo para resolver el asunto de la bella y ardiente Baiguana. Por orden del Dios, el cacique Manguaní llevó de regalo a la india un pescado mágico. Cuando Baiguana lo comió, se acostó a dormir frente a su bohío mirando a la luna y cuando el sol tiró sus flechas de sangre sobre la tierra, Baiguana se había hecho gigantesca y de piedra. Baiguana ya solamente era una montaña con forma de mujer dormida.

Otros mitos que desde mi vivencia guardan ciertos nexos son el del Cipitío salvadoreño y el Güije cubano. El Cipitío proviene de una historia religiosa de la época precolombina, en la que él y su madre fueron castigados. Tiene vestimenta y costumbres sumamente peculiares, se le atribuye una diversidad de habilidades, facultades y poderes sobrenaturales que, sin perjuicio de nadie, usa para divertirse.

De acuerdo con la leyenda, nació de la relación que tuvo su madre, la diosa lunar Sihuet o Sihuehuet, con el dios Lucero de la Mañana, traicionando así al dios Sol. ​ Por ello, el dios de dioses, Tláloc, condenó tanto a la madre como al hijo. A la madre la degradó de su categoría de diosa Luna a mujer errante y al niño le condenó a nunca crecer, y conservarse por siempre en la edad de diez años.

Su nombre viene del nahuat[2], lengua en la que Cipit, significa niño, y de esa raíz se deriva la palabra “Cipote” utilizada para nombrar a los infantes en El Salvador.

El Cipitio es hijo de dioses, pero su aspecto es el de un niño de bajas condiciones sociales y económicas. Se ve manifiesta su condición de niño, con una enorme barriga y con el poder de teletransportarse. Viste ropa de manta blanca, sandalias y un sombrero de palma puntiagudo y de grandes alas.

Tiene una deformación en los pies, teniéndolos al revés; y por ello causa confusiones respecto hacia dónde camina. Frecuenta los trapiches de las moliendas de caña, le gusta comer y bañarse con cenizas, también gusta de frecuentar ríos y es un eterno enamorado de las muchachas a las que constantemente les espía, silba, o arroja piedrecitas y flores. No es ofensivo, pero sí hostigoso. Generalmente hace bromas con las cuales se burla de las personas, carcajeándose sonoramente. Se ha escuchado que cuando una chica es objeto de su hostigamiento, la solución para alejarlo es comer en el baño, frente a la taza de un inodoro; esto debido a que se supone que él siente asco fácilmente con los malos hábitos de las personas; por lo que se supone que ésta es la solución más efectiva cuando una mujer está siendo objeto de sus hostigamientos. ​

En Cuba tenemos otro “niño” mitológico, el Güije, también conocido como Jigüe o Chichiricú es un tipo de duende característico de la cultura cubana. Se representa como un negrito diminuto, de grotescas facciones, ojos saltones y muy escurridizo. Se dice que habita en ríos y charcas muy intrincadas, y en las noches aparecen para asustar a los viajeros. Siempre andan desnudos o cubiertos con bejucos.

Siempre se habla de un negrito cabezón, feo, con una gran boca, ojos saltones y el pelo enmarañado. Algunos lo describen como un duende protector de las plantas y animales del monte, y que impone severos castigos a quienes maltratan la naturaleza. Gustan de comer golosinas, aunque se dice que llegan a devorar personas y animales. Muchos campesinos aseguran que solamente salen de noche para asustar a los caminantes. Cuentan que estos seres son muy enamorados y que acostumbran a hostigar a las muchachas hermosas que van a los ríos a bañarse o a lavar.

Existen varias versiones sobre la forma en que aparecen los güijes. Se cuenta que con doce hombres llamados Juan (Doce Juanes), a las doce de la noche se puede cercar y atrapar a estos duendes. Otra versión asegura que al darle doce vueltas a una ceiba, siempre a las doce de la noche, podemos invocar a un Güije y este sale corriendo o ataca a la persona que lo invoca. Lo cierto es que, aunque algunos aseguran haberlos visto, nadie los ha podido atrapar.

[1] Son un pueblo de tradición maya, de lengua quicheana, que habitan la región de Centroamérica.

[2] El pipil o náhuat es la lengua hablada originalmente por los pipiles, relacionada con el náhuatl hablado en México por los toltecas y todavía recordada por sus descendientes. Los pipiles y los salvadoreños se refieren generalmente a la lengua como náhuat.

Publicado el 8 julio, 2020 en #Crónicas, Cuba, El Salvador, Uncategorized y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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