Confluencias perversas y víctimas de otra “pandemia” en Estados Unidos, el racismo. Los casos de Castile y Taylor

Por Dany Extremera San Martín, tomado deCubadebate.

Cerca de la calle donde murió Floyd en mayo pasado, pero en julio de 2016, murió Philando Castile, un afroestadounidense de 32 años que conducía un auto acompañado de su novia y su hija de cuatro años. Fue detenido por un oficial de policía debido a una luz trasera rota. Tras un breve intercambio, el policía disparó su arma siete veces e hirió mortalmente a Castile, quien fue declarado muerto media hora más tarde.

El hecho fue conocido por un video que difundió la novia de Castile en Facebook y generó protestas a nivel nacional. El agente fue acusado de homicidio en segundo grado, pero absuelto de todos los cargos a mediados de 2017, en un juicio por jurado.

El oficial, Jerónimo Yáñez, declaró que “temió” que Castile estuviera sacando un arma, pero la novia del afroestadounidense ha dicho que solo estaba buscando su identificación para darla al agente.

Castile tenía licencia para portar armas. Aparece en un video diciendo tranquilamente a Yañez que tenía un arma en el auto. Yañez le dice a Castile que no toque el arma, y este y su novia le aseguran que no lo hará. En segundos, el agente dispara siete veces.

El abogado de Yañez dijo que este “olió” marihuana y creyó que Castile correspondía con la descripción del sospechoso de un robo reciente.

El video muestra que Castile manejaba normalmente, aparcó su auto rápidamente al ser requerido por el oficial, estaba atento y fue cortés con el oficial, al que no ofreció resistencia.

El gobernador de Minnesota, Mark Dayton, se preguntó: “¿Habría sucedido esto si el chofer hubiera sido blanco, si los pasajeros hubieran sido blancos?”. A la entrada de la corte, tras el juicio en que el oficial fue absuelto, la madre de Castile declaró: “El sistema en este país sigue fallando a la gente negra, y seguirá siendo así”.

Poco después de la medianoche del 13 marzo de 2020, Breonna Taylor, de 26 años, técnica de emergencias médicas, dormía en su cama cuando agentes policiales, con una orden de no-knock warrant (les permite entrar sin previa notificación) ingresaron a su apartamento en Louisville, Kentucky, y le dispararon ocho veces. Breonna, que quería ser enfermera, murió.

Los policías realizaban un operativo antidroga, pero no había drogas en el apartamento. El hombre al que buscaban vivía en otra dirección. Reportes de prensa informaron que, incluso, ya había sido arrestado cuando se produjo el allanamiento. Tomando en cuenta el error policial y la muerte de Breonna, la familia de esta presentó una demanda acusando a los agentes de agresión, homicidio culposo, fuerza excesiva y negligencia grave.

Los agentes declararon que, aun teniendo una no-knock warrant, se anunciaron antes de entrar. El testimonio de un vecino y del novio de Taylor, Kenneth Walker, señala que no se identificaron como policías. Los oficiales no usaban cámaras corporales que pudieran haber aclarado qué sucedió.

Según Walker, quien tiene licencia para portar armas, oyeron golpes en la puerta a esa tardía hora, preguntaron varias veces “¿quién es?” y no hubo respuesta. Al ser forzada la puerta y entrar los agentes, disparó pensando que era un asalto (algo legal según la ley del estado). Un agente fue herido en una pierna; Taylor recibió al menos ocho disparos. En una llamada al 911, se escucha a Walker diciendo: “Alguien pateó la puerta y le disparó a mi novia”.

Un agente fue suspendido, dos pasaron a labores de oficina; ninguno enfrenta cargos criminales. Más tarde fue retirado el cargo de intento de asesinato de un oficial contra Walker.

Y en medio de las protestas por la muerte de Floyd, llegó en la noche del 12 de junio pasado la muerte de Rayshard Brooks. Brooks, de 27 años, se quedó dormido en su auto, bloqueando una fila de servicio de un establecimiento de comida en Atlanta. La llamada de una empleada alertó a la policía sobre un hombre aparentemente borracho. “¿Qué tipo de auto?”, preguntó la operadora de la policía. “Es un auto blanco”, respondió la empleada. Y a continuación: “¿Él es negro, blanco, hispano o asiático?”. “Es negro”.

Primeramente acudió el oficial Brosnan, minutos después el oficial Rolfe. Por alrededor de 40 minutos todo marchó bien, un intercambio en el que no faltó la cordialidad y en el que Brooks (visiblemente desorientado sobre en qué zona de la ciudad estaba, con algunas señales de ebriedad pero no tambaleante, se disculpa en varias ocasiones, sigue las instrucciones de los policías, se deja cachear tranquilamente) respondió a preguntas, siguió una larga secuencia de pruebas de equilibrio y concentración sin contratiempos y accedió a someterse a una prueba de alcoholemia.

Algunos analistas consideraron que el oficial Rolfe, con experiencia en casos DUI (Driving Under the Influence, conducir bajo influencia), podía haber optado por hacer una notificación a Brooks y conducirlo a casa; otros, que de la policía se espera tolerancia cero contra conductores ebrios. Brooks no estaba manejando en el momento de la llamada a la policía, e incluso ofreció dejar el auto parqueado e irse caminando a la casa de su hermana.

El tono y el curso de los hechos cambian poco después de la prueba de alcoholemia, que detecta en Brooks un nivel de alcohol superior al legalmente permitido. El oficial Rolfe, luego de algunas preguntas, dice “creo que usted tomó demasiado para conducir” y, sin notificarle que está arrestado –con lo cual viola el procedimiento de arrestos DUI, según expertos consultados por The New York Times–, se mueve rápidamente e intenta esposar a Brooks, que se resiste e inicia un forcejeo con los dos agentes. Los tres caen al piso, luchan y el desenlace llega en unos segundos.

Brosnan presiona su Taser contra la pierna de Brooks y amenaza con darle una descarga en un momento en que Rolfe parece tener un fuerte agarre en su cuello. Brooks se apodera del Taser y se libera de los policías, dispara el Taser una primera vez y aparentemente golpea a Brosnan en el brazo. Rolfe dispara su Taser dos veces al cuerpo de Brooks, quien huye y mientras corre dispara su Taser una segunda vez sin golpear a ninguno de los agentes. Rolfe cambia de manos su Taser y saca su pistola de reglamento. Pocos segundos después, dispara tres veces: dos disparos van a la espalda de Brooks, uno alcanza su corazón; otro va a la carrocería de un Chevrolet ocupado por tres personas.

“Confirmamos con la Policía de Atlanta que este modelo de Taser, una vez disparado dos veces, debe ser recargado. Así, en este punto, Brooks está desarmado”, nota el video investigativo del NYT. Es algo que seguramente conocía Rolfe. Brooks ya estaba con un Taser inutilizable en su mano, desarmado, cuando el oficial Rolfe disparó.

Ya caído Brooks, las imágenes –comenta el NYT, cuya investigación se basa en videos de testigos, cámaras corporales y documentos oficiales– muestran que Rolfe parece patearlo. Llega Brosnan y brevemente pisa el hombro de Brooks. Tardan dos minutos en darle primeros auxilios. Unos 15 minutos después, una ambulancia lo lleva al hospital, donde más tarde es declarado muerto.

En una posterior declaración a través de su abogado, Rolfe afirma que usó “fuerza razonable” y que “escuchó un sonido como de arma de fuego y vio un fogonazo delante de él. Temiendo por su seguridad y por la de quienes estaban alrededor, dejó su Taser y disparó su arma de servicio a la única porción del cuerpo del señor Brooks a su alcance, su espalda”. Es, casi al pie de la letra, el procedimiento policial sobre el uso de “fuerza letal”: un oficial debe creer, razonablemente, que un sospechoso posee un arma mortal y que representa una amenaza inmediata de heridas corporales severas para el oficial u otros.

Sin embargo, minutos después del tiroteo, cuando están en la escena los investigadores policiales, una cámara corporal permite escuchar a Rolfe afirmando: “Él (Brooks) comenzó a correr y mientras lo perseguía se volvió y comenzó a disparar el Taser contra mí”. No hay mención de “sonido como de arma de fuego” ni fogonazo.

La misma cámara lo coloca poco después acercándose a Brosnan y preguntando “¿te golpeó?” (con el Taser). Brosnan responde: “Lo sentí, pero no lo veo…”. Otro policía en la escena dice: “Hey, no digas nada en cámara”.

The New York Times apunta que, poco antes, se aprecia que Rolfe parece haber estado al tanto de que Brooks había disparado su Taser dos veces (es decir, que estaba desarmado).

Estados Unidos, un país “armado”

La segunda enmienda de la Constitución establece el derecho de los ciudadanos a tener y portar armas, un derecho impregnado en la cultura y en la cotidianeidad, visto por muchos como símbolo y expresión de libertad; por otros, como causa de preocupación e inseguridad crecientes, generador de frecuentes tragedias.

Según datos de Pew Research Center (2019) y otras fuentes, el 30% de los estadounidenses afirman poseer un arma y otro 11% vive con alguien que posee una. El 48% creció en un hogar donde había armas, el 59% tiene amigos que poseen armas y el 72% ha disparado un arma en algún momento de su vida, incluido el 55% de quienes no son poseedores.

Entre quienes poseen un arma, el 66% afirman poseer más de una, incluido un 29% que poseen cinco o más. Una mayoría de los poseedores, 72%, tienen pistolas, mientras que el 62% tienen rifles y el 54% cuentan con escopetas. El 73% de quienes poseen armas declaran que no se conciben a sí mismos sin ellas.

El 44% de los estadounidenses dicen conocer personalmente a alguien que ha recibido un disparo, accidental o intencionalmente; el porcentaje es más alto en adultos negros (57%), frente al 43% entre blancos y el 42% entre hispanos. El 23% de los estadounidenses señalan que alguien ha usado un arma para amenazar o intimidar a ellos o a alguien de su familia; otra vez la proporción es más alta en negros (32%), frente a 20% entre blancos y 24% entre hispanos.

“El balance de la violencia por armas de fuego en Estados Unidos es espantoso y va en aumento. Más de 1.2 millones de estadounidenses han recibido disparos en la última década, un millón más han sido testigos de primera mano de la violencia, y cientos de millones –casi cada estadounidense– conocerán al menos a una víctima de violencia por armas de fuego durante su vida. (Giffords Law Center, con base en datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades-2019, revista Pediatrics-2017 y revista Preventive Medicine-2016)

Tiroteos masivos en EE.UU., entre 2009 y 2020. Registra 229 matanzas, 1 308 personas muertos por disparos y 939 heridos. Fuente: The Washington Post.

Cuatro o más personas han muerto en tiroteos masivos cada 47 días, como promedio, desde el 17 de junio de 2015, cuando un joven supremacista blanco mató a nueve personas en una iglesia afroestadounidense en Charleston, Carolina del Sur. Este fin de semana, las matanzas número 30 y 31 desde entonces tuvieron lugar con una diferencia de 13 horas. (The Washington Post, lunes 5 de agosto de 2019)

Es un contexto que, indudablemente, puede incidir en la psicología y las reacciones de los policías. (Los tiroteos policiales, según un estudio publicado en 2018 por Journal of Urban Health, ocurren más frecuentemente en estados con altas tasas de posesión de armas).

The Washington Post (junio 8, 2020) publicaba que “en un país donde 40 000 personas mueren por armas de fuego cada año (…) los funcionarios de la policía arguyen que los agentes, ante amenazas mortales, tienen que hacer decisiones en el curso de segundos para protegerse a sí mismos y a otros. Los policías patrullan un país con casi tantas armas como habitantes. No saben si la próxima detención de tráfico, llamada al 911 u orden de allanamiento será en la que alguien salga disparando”.

Pero no hay decisiones de segundos ni amenaza inmediata cuando se mata a hombres que no se resistieron al arresto, sujetos por varios policías, y se les asfixia mecánicamente; cuando se dispara seis veces a un joven u ocho a una mujer, ambos desarmados; cuando se dispara por la espalda a detenidos que huyen… Hay un problema mayor y más profundo, como se ha denunciado en las protestas de las últimas semanas.

Las muertes de Floyd, Brown, Garner, Castile, Taylor, Brooks y las de otros que no quedaron en videos han estado ocurriendo por años, han sido y son consecuencia de una falla sistémica y la confluencia perversa de una cultura de la violencia que ha hecho de la posesión de armas un símbolo de libertad; la brecha de inequidad y el racismo estructural, la brutalidad y la impunidad policiales.

Global Times aludía este mes a un estudio realizado en 2017 sobre la interacción entre oficiales y ciudadanos, con base en las grabaciones de cámaras corporales, que mostró que consistentemente los agentes tratan con menos respeto a los afroestadounidenses que a los blancos.

Según estadísticas de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) y el Journal of the National Medical Association (2018), citadas por el Giffords Law Center, los hombres negros son el 52% de las víctimas en homicidios con armas, aun siendo menos del 7% de la población de EE.UU., y tienen diez veces más probabilidades que los hombres blancos de morir en un homicidio con arma de fuego. Además, “los civiles negros desarmados tienen casi cinco veces más probabilidades de recibir disparos de la policía y morir que los civiles blancos desarmados”.

Todo esto a casi 30 años de que, en Los Ángeles, Rodney King fuera salvajemente apaleado y pateado mientras le rodeaba más de una decena de policías (poco después absueltos), varios golpeando y gritando, otros mirando pasivamente, en una escena que parecía grabada en la Sudáfrica de los momentos más oscuros del Apartheid. Cuando aún están vivos la memoria y el legado de la segregación como normalidad que marcó tanto las vidas de luminarias cuyos éxitos deportivos y artísticos eran aplaudidos pero que luego debían entrar por la puerta trasera (o no entrar) como las de ciudadanos comunes; las oscuras siglas KKK, los linchamientos y matanzas, los Códigos Negros y las Jim Crow laws (“separados pero iguales”) vigentes hasta los sesenta, las patrullas de esclavos que han sido recordadas en estos días, el miedo y la desconfianza, la inseguridad.

“Los cuerpos policiales en Estados Unidos tienen una historia más larga en cuanto a muertes de afroestadounidenses (…) Con frecuencia miramos al problema contemporáneo, lo que está sucediendo ahora mismo, sin entender que todo lo que sucede hoy está calado por 400 años de legado de injusticia. Esos agravios pasados, esas heridas del pasado por los cuerpos policiales, deben ser abordadas incluso antes de intentar movernos hacia adelante”. (Jennifer Cobbina, profesora de Justicia Criminal en la Michigan State University, USA Today, 7 de junio, 2020)

Es una brecha, histórica y presente, que no acaba de cerrarse. The New York Times, en una columna titulada “Las brechas entre la América blanca y la negra” (junio 19, 2020), la describía así:

“En muchas partes del país, los estadounidenses negros y blancos siguen viviendo en mundos muy diferentes. Este rasgo distintivo de la inequidad en Estados Unidos no es un desarrollo accidental, sino más bien el resultado de elecciones de política.

“El enfoque hacia la política urbana en nuestra nación raramente ha intentado la inversión de recursos necesarios para superar los efectos de décadas de discriminación racial en vecindarios en problemas. En lugar de eso, ha hecho más fácil para la mayoría de la gente blanca aislarse en comunidades que están en su gran mayoría físicamente separadas de las comunidades marcadas por la falta de empleo, la pobreza concentrada, los riesgos ambientales, la enfermedad y la violencia.

“Los barrios negros son frecuentemente centros vitales de la cultura, las comunidades y el poder político negros. Pero no han recibido inversiones que son habituales en los barrios blancos, incluidas escuelas con recursos suficientes e inversiones en servicios públicos. En vez de esto, han sido sometidos a injusticias y desventajas como prácticas de préstamos fraudulentas, discriminación en el sector de la vivienda y vigilancia policial y fiscalías agresivas.

“Ciertamente, un rasgo definitorio de la inequidad estadounidense es que los retos sociales más apremiantes están desproporcionadamente concentrados en las comunidades negras”.

“Pocos se considerarían a sí mismos racistas; sin embargo, vemos la inequidad alrededor nuestro en la vigilancia policial desproporcionadamente agresiva, tasas desproporcionadamente altas de COVID-19 y muerte, asignación desproporcionadamente baja de fondos para asistencia durante la pandemia. Y la lista sigue y sigue.

Estos resultados no son accidentales. Son consecuencia de 100 millones de pequeñas acciones individuales y decisiones que se intersectan e interconectan para crear el andamiaje del racismo estructural.

(…) La exclusión económica es el motor de la inequidad.

(..) La evidencia de inequidad aún nos mira en los ojos y está fundada por nuestra historia, alimentada por nuestras normas sociales, fertilizada por los medios sociales y avivada por el oportunismo político.

(…) La inequidad aumenta porque hay un tipo silencioso de prejuicio, miedo, estatus, expectativa y otredad que camina a nuestro lado cada día, impactando a algunos, invisible a otros, hasta que es capturada en un teléfono celular y se hace viral para que todas la vean”. (Michelle L. Norris, The Washington Post, 28 de mayo de 2020)

“Hoy protestamos, mañana votamos”, violencia sobre violencia y el melting pot en las protestas

Un billete presuntamente falso, un acto de crueldad enfermiza a plena luz del día y en plena calle a la vista de todos, el asesinato de un hombre indefenso a manos de la fuerza que debe velar por el orden y proteger, las protestas que muchos consideran las más fuertes y extendidas nacionalmente desde finales de los sesenta, a raíz del asesinato de Martin Luther King.

La muerte de Floyd fue el detonante por muchas otras muertes y por un orden de cosas que mantiene fracturada a la sociedad estadounidense. El I can’t breathe pasó a ser We can’t breathe (No podemos respirar). La fuerza y el impacto de las protestas por toda la geografía de Estados Unidos y más allá, el impacto en los medios y en redes sociales, en espacios académicos y pasillos políticos, hacen pensar que desde ahora habrá más teléfonos celulares dirigidos contra los actos de violencia y más rápido prenderá la mecha de la indignación. El Enough is Enough! (¡Ya basta!) ha resonado muy alto y ha hecho que muchos más miren hacia el problema del racismo y se detengan donde antes pasaban de largo.

Se vio a policías de rodillas ante los manifestantes, otros que guardaron sus porras y sprays y marcharon en paz con los indignados. Pero el rostro más visible fue el de la represión, tanto contra disturbios como contra manifestaciones pacíficas, contra quienes protestaban tanto como contra periodistas y quienes no protestaban, solo pasaban.

“La militarización de los departamentos de Policía de la nación ha sido visible en las últimas décadas”. (The New York Times, 31 de mayo de 2020)

Al menos un centenar de cuerpos de seguridad, muchos en grandes ciudades, usaron algún tipo de gas lacrimógeno –prohibido en guerras por la Convención sobre Armas Químicas, 1997– para dispersar a manifestantes.

Según Stuart Schrader, académico de la Johns Hopkins University y estudioso de temas de racismo y vigilancia policial, en el periodo de las protestas tras la muerte de Floyd se desplegó el uso más amplio de gas lacrimógeno contra manifestantes en Estados Unidos desde los años de protestas durante finales de los sesenta y principios de los setenta. Cada vez más estudios muestran que este gas y otras armas catalogadas por los cuerpos policiales como “no letales” pueden causar heridas graves e incluso la muerte.

Junto con los gases lacrimógenos fue extendido y ampliamente documentado en imágenes gráficas y testimonios el uso desmedido de balas de goma, municiones beanbag o de racimo y granadas de aturdimiento o flash-bangs (usadas para aturdir con un fuerte ruido y luz cegadora, cuyos daños también han sido señalados por expertos médicos), que fueron empleadas en varios escenarios, como cuando se combinaron con gases lacrimógenos para dispersar a manifestantes en un parque cercano a la Casa Blanca, con el objetivo de que el presidente Trump pudiera pasar hacia una iglesia y hacerse una foto Biblia en mano, usándola como “accesorio político”, según un senador republicano.

Sobre las balas de goma, Jeffrey M. Goodloe, miembro de la Junta de directores del Colegio Americano de Médicos de Emergencia, declaró al NYT que “aun cuando han sido designados por los cuerpos policiales como ‘no letales’, sabemos que ha habido muertes relacionadas con estos dispositivos. En lugar de llamarlos ‘no letales’, ahora los llamamos ‘menos letales’, y eso comparándolos con una bala convencional”.

La acción policial en muchos momentos y ciudades hizo que algunos expertos llamaran la atención sobre el hecho de que la policía contribuyó a escalar las tensiones. “Miles de personas que pensaron iban a un evento ordinario de protesta se encontraron recibiendo una respuesta agresiva de la policía. La policía realmente tuvo éxito en lograr que la gente se disgustara aún más”, dijo Schrader a The New York Times.

El otro factor que echó leña al fuego fue el propio presidente Trump, desde su oscura frase “cuando empiezan los saqueos, empiezan los tiros” hasta su casi irreal discurso en la Iglesia Episcopal de Saint John: “Tenemos un gran país, el mejor país del mundo, y vamos a hacerlo aún mejor”, totalmente ajeno a la realidad de una nación fracturada y mientras miles de personas protestaban y eran reprimidas a escasos metros de allí.

Trump y su Administración trataron de criminalizar las protestas e hicieron énfasis en disturbios y saqueos. Un estudio Ipsos/University of Chicago/Oxford, basado en datos geolocalizados y otros análisis y divulgado en la segunda semana de junio, reveló que alrededor del 80% de las 970 protestas identificadas hasta entonces en 400 ciudades y pueblos del país fueron pacíficas.

En la foto, policías arrestan a una mujer en Minneapolis. Un miembro del Consejo de la Ciudad de Minneapolis declaró que nadie estaba saqueando ni prendiendo fuego a nada en la primera noche de protestas, y aun así la respuesta policial fue “increíblemente brutal. La provocación original para la violencia callejera provino de los agentes”. Jennifer Corbina, profesora de Justicia Criminal en la Michigan State University, que ha estudiado la respuesta a protestas desde la muerte de Michael Brown (2014), dijo que “hace que muchos residentes sientan que la policía viene como si fuera una fuerza de ocupación. Esto solo crea una división mayor. Mientras más duro los golpea el Estado, más duro responden los manifestantes”. Foto: AFP

Trump –cuyo errático y desfasado comportamiento ha hecho más patente la falta de liderazgo tanto en el no-manejo de la pandemia de COVID-19 como ante la ola de protestas, entre otros muchos escenarios y asuntos– se dedicó a amenazar con “mano dura” y desplegar “miles y miles de soldados”, llamó “débiles” a los gobernadores y los conminó a “dominar” a los manifestantes, catalogó como “terroristas domésticos” a quienes exigen justicia racial. Desde todas partes –demócratas y republicanos, activistas y gobernadores, senadores y académicos, militares y religiosos– le llegaron las críticas por inflamar la violencia en lugar de llamar a la cordura, por dividir en lugar de promover la reconciliación y la reflexión nacional que tanto necesitaba el país.

En total contraste con el divisionismo de Trump, las protestas reunieron a personas de todos los grupos étnicos y una gran mayoría de jóvenes. Un sondeo de la Universidad de Monmouth halló que el 76% de los estadounidenses, incluido el 71% de los blancos, consideraron el racismo y la discriminación “un gran problema” (un salto de +26% respecto a un sondeo similar en 2015), y el 57% dijo que la indignación de los manifestantes era totalmente justificada, junto a un 21% que la estimó en cierta forma justificada.

En la encuesta de la Monmouth University y en otra divulgada por CBS News, cerca del 60% de los entrevistados (incluida la mitad de los de la comunidad blanca) dijeron que los agentes policiales son más inclinados a tratar injustamente a las personas negras que a los blancos. Para algunos analistas y activistas, los días finales de mayo y los siguientes de junio han marcado un cambio en la opinión pública estadounidense. La prensa destacó que el apoyo al movimiento Black Lives Matters aumentó en todo el espectro político.

Una encuesta de la firma Civiqs, cuyos resultados fueron publicados por el NYT, reveló que en las dos semanas hasta el 10 de junio el apoyo a Black Lives Matter creció tanto como en los dos años previos. Y un sondeo de The Washington Post-Schar School mostró que el 69% de los estadounidenses estiman que la muerte de Floyd refleja un problema profundo en la forma en que los afroestadounidenses son tratados por la policía, frente al 29% que lo consideró un hecho aislado.

En el mismo estudio, el 87% de los encuestados demócratas, el 76% de los independientes y el 53% de los republicanos dijeron apoyar las manifestaciones.

James Nolan, sociólogo, quien fue policía por más de una década, opina: “En la academia, la policía es entrenada para jugar al juego policial: ser agresivos, ir a comunidades y encerrar a los malos (…) El problema no es la duración de la capacitación para convertirse en policía, sino el enfoque erróneo de lo que significa hacer patrullaje (…) No existe una forma de vigilancia policial alternativa donde se construyan relaciones, se entienda la dinámica en estas comunidades y se desarrollen estrategias con la comunidad para enfrentar la violencia y el crimen (…) Esa manera de proceder crea violencia. En estos casos, la violencia no es creada por las comunidades sino por la policía”. Foto: AP.

Trump, asesinatos y racismo

En medio de una pandemia que empeora y ha golpeado desproporcionadamente a las minorías y comunidades en desventaja, con un presidente errático y sin liderazgo político efectivo lo mismo frente a la crisis por la COVID-19 que a un movimiento nacional por la justicia (si en 2016 no convenció a muchos con aquella frase, “soy la persona menos racista que usted conocerá”, hoy es más claramente visto como tal), una economía en recesión y desempleo al alza, la ola de indignación, el debate nacional y el cambio de percepciones generado por las protestas tras la muerte de George Floyd podrían influir por varias vías en el escenario más amplio que plantea un año electoral.

Puede ser un cambio temporal, como han sido y serán muchos cambios en la opinión pública. Puede traer, sin embargo, un activismo político mayor en las bases anti-Trump y deslizamientos en su propia base política, así como una definición entre los indecisos. Hasta el 4 de junio, Gallup refleja una aprobación de 39% (-10) de su gestión, frente a una desaprobación de 57% (+9).

Nuevas encuestas han confirmado la ventaja de Biden en cuanto a intención de voto frente a Trump. Según un sondeo nacional de NYT y el Siena College, el demócrata tiene 50% y el mandatario republicano 36% (en la comunidad negra la diferencia es 79% frente a 5%). En las 11 encuestas que recogía el jueves el sitio agregador Real Clear Politics en varios estados, Biden dominaba en todas (una tendencia que se repite a diario), en siete de ellas con entre siete y 11 puntos por encima. También en los cinco sondeos agregados el miércoles, en uno hasta con +14.

Pero es muy temprano aún y mucho puede ocurrir hasta noviembre.

Sin embargo, la ola de protestas que se inició hace un mes con la muerte de Floyd ha traído replanteamientos y una reflexión sobre deudas como el racismo estructural, la inequidad y la injusticia social, una mayor presión por reformas en la policía y el sistema de justicia criminal; un escrutinio más agudo y consciente sobre el escaso temple y el poco juicio político en el ocupante de la Oficina Oval.

Cuando Trump comenzó a usar Twitter y otras vías para irresponsablemente inflamar la situación causando angustia a quienes querían hacer las cosas bien, el jefe policial de Houston, Art Acevedo, le pidió alto y claro en una entrevista televisada el 2 de junio que “en nombre de todos los jefes de policía de la nación, por favor, si no tiene nada constructivo que decir, mantenga su boca cerrada”.

Cuando el presidente conminó en un tuit a la alcaldesa Jenny Durkan y el gobernador Jay Inslee a “recuperar su ciudad, AHORA” (“Terroristas domésticos han tomado Seattle, gobernada por radicales demócratas, por supuesto. LEY y ORDEN”) y advertía que “Si no lo hacen, lo haré yo. Esto no es un juego”, Durkan le respondió en otro tuit: “Haga que nos sintamos seguros. Regrese a su bunker”.

Son frases que también podrían haber estado en pósteres y bocas en las calles de centenares de ciudades y pueblos donde se manifestó la gente, y muchos las hubiesen tomado para sí: “Mantenga la boca cerrada / Keep your mouth shut”, “Regrese a su bunker / Go back to your bunker”. O podrían expresarse junto al ¡Ya basta! en las urnas a inicios de noviembre.

La ola de protestas por la muerte de Floyd y las de tantos otros, por la inequidad y el racismo y la violencia selectiva ha sido, también, una advertencia de que ante cada nuevo agravio y cada nueva muerte pueden salir otra vez a las calles por miles los brazos –blancos y negros, hispanos y asiáticos– levantando los pósteres: Las vidas de los negros importan; Todas las vidas importan; Sin justicia no hay paz; No podemos respirar; El silencio es violencia; Hoy protestamos, mañana votamos, o Este es solo el comienzo.

Por su impacto en la sociedad, instituciones como la Asociación Médica Estadounidense (AMA, inglés) han llegado a considerar la violencia policial como un “problema de salud pública”. Según estadísticas de los Centros de Control y Prevención de Enfermedad (CDC, inglés), en 2018 más de 85 000 personas fueron heridas en intervenciones de las fuerzas policiales, con costos por tratamientos médicos y pérdida de fuerza de trabajo que ascendieron a 1 800 millones de dólares.

A raíz de la muerte de George Floyd, a finales de mayo de 2020, la AMA declaró en un comunicado que “la investigación demuestra que las comunidades marginadas racialmente están sujetas de manera desproporcionada a la fuerza policial, y existe una correlación entre la vigilancia y los resultados adversos para la salud.

“Al tener una proporción más alta de incidentes con la policía que otros grupos sociales, la población afroestadounidense tiende a padecer más estrés y ansiedad, presión arterial alta, diabetes y asma, y complicaciones fatales de esas afecciones”.

La violencia sistemática por parte de la policía, según la Asociación Estadounidense de Salud Pública (APHA, inglés), “trae como resultado muertes, lesiones, traumas y estrés que afectan desproporcionadamente a las poblaciones marginadas”.

Según un estudio en que intervinieron especialistas de los CDC, la sexta causa de muerte entre varones de 25 a 29 años es una confrontación violenta con la policía, y los afroestadounidenses tienen 2.5 más probabilidades de ser víctimas de la policía u otras fuerzas del orden. Las consecuencias de encuentros fatales entre agentes y civiles se extienden más allá de los casos puntuales y generan efectos nocivos para víctimas directas e indirectas y para el sistema de salud y las comunidades en Estados Unidos.

Publicado el 2 julio, 2020 en EE.UU, racismo, Uncategorized y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Ven-Cuba

MIRO CUBA DESDE VENEZUELA CHAVISTA.

cubaconamalia.wordpress.com/

“La palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla” José Martí

La Santa Mambisa

Promoviendo la FE de nuestra cubanísima Revolución

RE-EVOLUCIÓN

Combatiendo al neofascismo internacional

Desenlace

La verdad sobre mi país. Un blog para desmentir a los cibermercenarios

Cuba por Siempre

"Cuba es pueblo que ama y cree, y goza en amar y creer." José Martí

yurisander

Teconolgía, periodismo y vida

Fundación País Digno

Abriendo espacios de diálogo y debate entre actores sociales, políticos e intelectuales orgánicos del movimiento popular

Herencias Culturales

Herencias Culturales Guantánamo

Solidaridad Latinoamericana

"Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar"

A %d blogueros les gusta esto: