Los medicamentos se investigan, se prueban y se aprueban.

Por Luis A. Montero Cabrera, tomado de Cubadebate.

Asclepios es un héroe o semidios en la mitología griega, hijo de Apolo y nieto del mismísimo Zeus, dios de dioses. Se entrenó en la manipulación del cuerpo humano con Quirón, que se describía como un centauro (mitad hombre y mitad caballo). Parece que superó a su maestro en habilidades “quirúrgicas”. Píndaro lo describía en una oda como que: “hizo remedios y liberó del dolor a cada uno por cada enfermedad; a algunos con suaves canciones de encantamiento; a otros los curó con relajantes dosis de medicamentos, o envolvió sus extremidades con ungüentos trabajados, y a algunos los sanó con el cuchillo del cirujano.”[i]

La referencia anterior a Asclepios es descriptiva de que tanto la interacción médico – paciente, como los medicamentos, los tratamientos y la intervención quirúrgica forman parte del proceso curativo desde que se sabe de medicina y enfermedades humanas. La categoría semidivina que se le atribuyó en aquella religión no fue casual. Era necesario que la gente creyera en él.

Un afamado cirujano cubano, científico convencido y recientemente fallecido, el Dr. Manuel Fuentes del habanero hospital “Manuel Fajardo”, afirmaba que una proporción tan alta como el 80 % de sus pacientes se había curado porque confiaban en su condición y actuación de médico. La empatía y confianza que se establece entre las personas que saben curar y los enfermos sigue siendo parecida a los tiempos se Asclepios y sus “suaves canciones de encantamiento”. Esas relaciones de confianza se pueden hoy fundamentar mejor, sobre hechos más objetivos, porque gracias a la ciencia sabemos mucho más cada día acerca de todo.

Los medicamentos muchas veces nacieron asociados con las religiones practicadas por los diversos grupos humanos y también por la habilidad de charlatanes que han logrado vivir y hasta alcanzar cierta fama por ello, usando “suaves canciones de encantamiento”. Afortunadamente muchas de las medicinas tradicionales tienen historias verificadas por la práctica ancestral que demuestran efectividad más allá de que la gente crea o no en el sanador.

Sin embargo, los grandes avances en medicamentos de que gozamos hoy en día se han logrado gracias a la investigación y la rigurosidad científica. Esta suele comprobar también los saberes históricos. Desde que se desarrollaron poderosos medios de análisis químico en el siglo pasado se ha logrado identificar casi siempre los llamados “principios activos” o componentes principales de los materiales curativos ancestrales que son realmente efectivos, aparte de los “encantamientos”. Muchos de ellos son hoy medicamentos perfectamente identificados en sus virtudes y contraindicaciones.

“La flor de la pasión” o “pasiflora” fue asociada por la “Compañía de Jesús”, católica, con aspectos de la pasión de Cristo. Fue reportada en la literatura escrita por un médico español en 1569 desde el Perú amazónico como remedio ampliamente usado por sus habitantes originarios. La ciencia se encargó de conocer mejor a Passiflora incarnata (Passifloraceae). Se usa comúnmente como infusión (extracto acuoso con agua recién hervida). Sus principales componentes químicos son de una familia muy especial de moléculas que aparecen asociadas con azúcares y por eso se llaman glucósidos. También se han encontrado alcaloides que casi siempre tienen interacciones con los sistemas nerviosos de los organismos vivos más complejos. Sus propiedades farmacológicas comprobadas son ansiolíticas, analgésicas, antidiabéticas, anticonvulsivas, afrodisíacas, antiasmáticas, antitusivas y otras. Los aceites esenciales o extractos químicos de la planta son muy complejos y contienen más de 160 compuestos diferentes. En el caso de la pasiflora, como en muchos otros, el saber de las experiencias ancestrales de los pueblos se ha verificado con la ciencia. Se conoce muy bien el porqué de todo y es un remedio de amplia utilización, sabiendo sus pros y sus contras.

Cuando se diseña un medicamento ideado por los seres humanos la situación es obligatoriamente diferente. Los procederes actuales suelen partir del conocimiento que se tenga de algún escenario molecular en los organismos vivos que pueden ser estimulados o inhibidos por compuestos químicos, que son los candidatos a medicamentos. El menú inicial puede alcanzar millones de estructuras químicas posibles. Eso debe reducirse a unas pocas, y esa selección hoy se suele hacer con el uso de sistemas de cómputo e inteligencia artificial. Como los dispositivos electrónicos están construidos con silicio, se dice que esta es la etapa de selección “in silico”.

Después viene la clasificación práctica de los candidatos a medicamentos. Esta comprende muchos aspectos, incluido el toxicológico. Su primera etapa se dice que es “in vitro”, porque se hace en el laboratorio, con síntesis e identificación de las propiedades físicas y químicas de las sustancias. La segunda es “in vivo” cuando se comienzan a probar con entes vivos. Todo esto puede llevar años de trabajo por muchos científicos.

Más tarde se procede con los candidatos más seguros a las pruebas en humanos voluntarios, generalmente a “doble ciego”. Esto quiere decir que la administración de muestras se hace sin que nadie, ni aplicadores ni pacientes sepan si se administra el medicamento a probar o una simple dosis sin medicamento llamada “placebo”. Así se disminuye mucho cualquier influencia ajena en la medición de resultados.

Cada fase está guiada por un complejo sistema de medidas de seguridad y verificación de acciones. La o las moléculas que llegan y triunfan en esta etapa, con las mayores eficiencias para lo que se desea curar y las menores contraindicaciones posibles, pasan entonces a la etapa de las formulaciones farmacéuticas, donde se establece la mejor forma mediante la cual el paciente puede asimilar el medicamento.

Este largo, científico, eficiente y responsable proceso puede tomar decenas de años y es imprescindible para que un medicamento nuevo, creado por el hombre, pueda ser usado masivamente. No puede haber fallos. De eso deben encargarse las agencias reguladoras estatales responsables, que en el caso de Cuba es el Centro para el Control Estatal de Medicamentos, Equipos y Dispositivos Médicos (CECMED).

Queda bastante claro entonces por qué podemos usar el interferón como tratamiento de la COVID 19. Este es un medicamento que ya había pasado todos los rigurosos pasos para autorizarse su uso. Ahora se prueba su efectividad para esta particular enfermedad. Nuestro sistema de salud sin embargo se muestra reservado y cauteloso, aunque optimista, con algunos otros productos que están en proceso de algunas de las fases de prueba en humanos que mencionábamos antes. Esos otros productos son desarrollos de proyectos que ya venían trabajándose y que por lo tanto cualquiera de ellos acumula ya una historia de años desde su concepción inicial.

La ciencia ha cambiado la forma en que nos tratamos las enfermedades. Ahora somos muchos más los seres humanos porque los saberes acumulados no solo han servido para poder alimentarnos mejor. También sabemos curarnos mejor cuando enfermamos. Y la rigurosidad de este proceso tiene que ser su pilar más destacado, como lo demandan los tiempos.

Publicado el 13 mayo, 2020 en Ética, Ciencia y Tecnología, Científicas, Medicina, Uncategorized y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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