Educar en vez de adoctrinar

 

Por Ernesto Estévez Rams, publicado en Granma

Finalizando 2019, Martin Scorsese levantó ronchas en Hollywood al afirmar que las películas de Marvel no eran realmente cine, sino, más bien, parques temáticos. La primera ocasión para verter tal criterio, referido como radical por algunos medios, fue en una entrevista para la revista Empire; pero luego hizo de la afirmación un artículo de opinión publicado en The New York Times el 4 de noviembre.

Francis Ford Coppola, al referirse a los comentarios de Scorsese, fue más brusco: «No sé qué se gana de ver la misma película una y otra vez. Martin fue amable cuando dijo que no era cine. Él no dijo despreciable, que es lo que yo diría».

El artículo de Scorsese, por sí mismo, es digno de ser leído, y si bien es lúcido, está lejos de ser radical en modo alguno, dejando fuera del análisis multitud de aristas, probablemente por espacio y la naturaleza del medio de expresión escogido. Refiriéndose al cine, Scorsese defiende que es una forma de arte que debe entregar (al espectador) lo inesperado, mientras que en las películas de superhéroes «no hay revelación alguna, misterio o peligro emocional. Nada está en riesgo». El debate es viejo, tan viejo como la cultura de masas, y más viejo que Apocalípticos e integrados, el ensayo sobre el tema que Umberto Eco publicó originalmente en 1964.

Confrontando las opiniones de Scorsese y Eco, al margen de que el primero tan solo escribió un artículo de apenas varias páginas y el segundo un libro de 404, sorprende cuán actual es, en determinas dimensiones, el libro del renombrado profesor piamontés.

Cierto es que la semiótica ha avanzado bastante desde el ensayo de Eco y muchos de los presupuestos del libro de marras hoy ya no se toman como correctos (en especial algunas ideas referidas al kitsch). Algunos han evolucionado en su profundidad teórica e instrumental, tanto que las ideas originales de Eco solo se identifican en ellos como referencia.

A pesar de esto, es inevitable que la opinión de Scorsese rememore las páginas que Apocalípticos e integrados dedica a Steve Canyon y en especial a Superman. Sí, los mismos supermanes que hoy vemos reciclados, reinventados y redigeridos para las generaciones contemporáneas, en las películas que precisamente Scorsese critica. Y al hablar de ellas y sus interminables secuelas, el cineasta americano opina que solo lo son en nombre, pero en realidad son refritos en espíritu, y todo en ellos es oficialmente sancionado porque en realidad no puede ser de otro modo. Esa es la naturaleza de las franquicias fílmicas modernas: mercadotecnia, audiencias-probadas, vetadas, modificadas, revetadas y remodificadas hasta que están listas para el consumo, y ello lo diferencia radicalmente de la naturaleza parcialmente seriada de los filmes de Hitchcock.

En realidad el exabrupto de Coppola y el análisis de Scorsese no son nuevos. Su antecedente más inmediato fue otro exabrupto, esta vez del comediante norteamericano Bill Maher. Con motivo de la muerte, en noviembre de 2018, del creador estrella de Marvel, y autor de personajes tan conocidos como Spiderman, Hulk, Iron Man, Thor, X-Men, Antman, el escritor de cómics Stan Lee, Bill Maher, luego de lamentar la muerte del dibujante escribió en su blog: «Dejemos de fingir que las historias de los cómics son geniales. ¡Por favor! Todas las películas de superhéroes son la misma cosa». Su diatriba era en respuesta a aquellos que lo criticaron por haber dicho que «Los cómics no son arte, el cine de superhéroes no es buen cine. Maduren y acéptenlo».

Pero si a Bill Maher le molesta que los seguidores incondicionales del cine de superhéroes no logren crecer como adultos en sus experiencias de fruición artística o literaria, en el caso de Scorsese la crítica es más profunda e, implícitamente, hacia la parte seriada de la industria del cine hollywoodense. Bill Maher culpa al espectador por lo que considera su infantilismo como consumidor de arte; Scorsese, aun entrelíneas, apunta a otras realidades.

No se trata de negar al cine de superhéroes de antemano; el reciente fenómeno de Jocker nos permite ver que el problema no son los personajes.

Arte hay, o al menos puede haber, con los personajes más estereotipados si, al explotar el estereotipo, se rebasa la imagen simbólica que lleva y se crea un individuo con todas las múltiples capas de complejidad que tiene un ser real. Arte hay, si al hacerlo se provoca en el receptor de la obra una apropiación simultánea del individuo creado y del estereotipo que porta. Arte hay, si la obra logra un diagnóstico real de determinadas realidades o subvertir, con creatividad, los propios códigos en que el estereotipo descansa: el estereotipo se vuelve su propia negación.

Uno de los problemas, no el único, está en el refrito. Como obra, no busca que el espectador crezca sino, por el contrario, quiere que el espectador se acostumbre a una zona de confort donde se repiten las mismas situaciones, cambiando escenografía y personajes, una y otra vez. Las emociones y sentimientos son expresados de la misma manera, y sus causas siempre son las mismas con pequeñas variaciones. Hasta las escenas de violencia y acción responden a moldes repetitivos.

El extremo es que actores «duros» de Hollywood establecen en sus contratos que el número de golpes que dan debe ser mayor que los que reciben y nunca menos que los que otro personaje propina. «Las películas están hechas para satisfacer un conjunto específico de demandas, y están diseñadas como variaciones de un número finito de temas», dice Scorsese.

La realidad es que en la mayoría de los casos, les quitas un disfraz y les pones otro, y ya tienes la próxima entrega. El consumidor domesticado se molesta si esos códigos son violentados, como mismo no pocos espectadores se molestaron con la última entrega de Jocker, porque la profundidad inusual del personaje se les torna aburrida.

Ese cine de refrito no enseña nuevas formas de aprehender la realidad, o al menos, formas creadoras de una fruición que libere. Ese cine adoctrina. Y adoctrinar, es lo contrario a educar.

En ocasiones se apela a que es tal papilla de consumo lo que piden los jóvenes y por tanto, lo que debe dárseles. Repugna la misma idea de tal condescendencia. Frente a la opinión de que debemos adaptarnos al mundo, en primer lugar deberíamos percatarnos de qué mundo estamos hablando. Porque si se trata del mundo que emergió de la debacle socialista de finales del siglo xx, y que aún prevalece, el de la hegemonía neoliberal y el desmantelamiento de los procesos de descolonización, la conclusión cierta es que vivimos en uno bastante mediocre. ¿Acaso debemos adaptarnos a esa mediocridad?

Los llamados a conformarse siempre han sido, en todas las épocas, llamados a esterilizarnos. Y es que diversificado en el ropaje, resultado de su capacidad de aprender, el enemigo nos somete a un asalto ideológico tremendo, donde en apariencia crea cuando en realidad recicla. Y no crea en el sentido de gestar algo nuevo, no hay nada nuevo en las ideas que regurgita bajo nuevos perfumes. Solo pretende pasar gato por liebre. Y lo logrará si sustituimos educación por adoctrinamiento.

No será la primera vez que las ideas retrógradas se imponen sobre las personas. Y ese despropósito se hace más fácil cuando no logramos sacar el pensamiento revolucionario del parqueo de las frases hechas y las consignas soporíferas, si no logramos rebasar nuestros propios refritos. No lo logramos cuando no educamos sobre la cultura sino sobre el adoctrinamiento. Cuando el ejercicio intelectual lo reducimos a la reproducción empobrecedora de frases de dirigentes y líderes, desprovistas de su contexto y asumidas como dogmas, no respondemos en realidad a esa certeza tremenda de que nuestras armas son las ideas.

Para que las armas en nuestras manos sean efectivas hay que ejercitarlas a diario. Peor aún es cuando el ejercicio de la acción no está guiado por el pensamiento, sino por la incultura que implica el afán de complacer inmediateces, satisfacer expectativas, ganarse palmaditas en los hombros. El ejercicio del criterio, si es revolucionario, siempre es incómodo porque implica insatisfacción. El acto más revolucionario que puede realizar persona alguna es pensar sobre la base de la cultura, y para cada vez pensar mejor, ha de adquirir cada vez más cultura, y en función de ese pensamiento, ser honesto y actuar en consecuencia, defender una idea en la misma medida que la somete al escrutinio brutal. La batalla más formidable de cada uno de nosotros, es la batalla que llevamos con nosotros mismos.

Repugna la idea que reduce y subestima al lector-observador-espectador. Repugna la idea que argumenta que a los jóvenes hay que simplificarles el mensaje para que les llegue. Repugna la idea que adscribe al concepto de pueblo, como necesidad, la condescendencia. Repugna la idea que pretende imponer que los nuevos tiempos implican la victoria de lo estéril y lo banal.

Dónde estarán los nuevos gestadores de ideas revolucionarias si asumimos como una verdad, en realidad impuesta desde la hegemonía ideológica capitalista, que simplificar es el nuevo signo de educar, y que la juventud de hoy no es capaz de asimilar lo genuino que hace crecer. Si se es consecuente con ser revolucionario desde el pensamiento, se ha de concluir que en términos de cultura, la juventud es capaz de asimilar más de lo que las generaciones precedentes asimilamos. Cualquier otra receta de papilla insabora no puede aspirar a crear cultura como fuerza emancipadora. Y cuando no se crea cultura, se perece.

En este mundo, donde la decadencia de unos pretende arrastrar consigo a la humanidad entera, nuestra rebeldía revolucionaria sigue siendo llevar en la frente la estrella que ilumina y mata.

Publicado el 2 marzo, 2020 en Cultura, EE.UU y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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