En la ciencia se puede errar, pero se sabe rectificar

Los científicos solemos reconocer al arte y a la creación artística la capacidad de fantasear ilimitadamente con la sola condición de que tales fantasías satisfagan nuestros gustos, nos provoquen placer, enriquezcan nuestra condición humana y sean reconocidas desde el principio como tales fantasías.

En política, desgraciadamente, algunas fantasías han sido admitidas como verdades y han costado muy caro. Ejemplos claros tenemos en los muros que algunos políticos han levantado para intentar separar a los seres humanos, desde la Gran Muralla China de hace siglos hasta el pretendido muro de la frontera de México con los EE.UU. tan mencionado actualmente, pasando por los del siglo XX en Berlín y en la Florida. Este último no está hecho de ladrillos sino de leyes de bloqueo a Cuba. En las ciencias solemos ser intransigentes con la fantasía. Aquí todo debe ser probado, demostrada su credibilidad y verificado por terceros independientes.

Sin embargo, desde que ese pedazo del conocimiento humano se conoce como ciencia existe, han ocurrido también fantasías que han llegado a durar bastantes años como hipótesis creídas por muchos. La simple observación de plaquetas, o restos de proteínas visiblemente aglutinados, en los cerebros de pacientes fallecidos con el mal de Alzheimer hizo creer que esa era la causa de la profusa muerte de neuronas que provoca los conocidos síntomas de pérdida de memoria y capacidad de identificación en los que lo padecen. Sin embargo, en la medida en que más se conoce de esa enfermedad, más compleja se hace en su explicación. Ya se sabe que lo de las plaquetas era más una consecuencia que una causa del desorden bioquímico que provoca tales síntomas.

También la Física ha padecido de ello. Durante los años finales del siglo XIX y los iniciales del XX ocurrió un verdadero cataclismo conceptual en la interpretación del universo material. La capacidad que se iba logrando para acceder instrumentalmente a mediciones en escalas tanto ultra pequeñas como ultra gigantes del tiempo y del espacio puso en crisis el cumplimiento de las leyes físicas que aparecían como infalibles para las dimensiones en las que habitamos los humanos. Lo que se describía muy bien ocurriendo en los tamaños que podemos ver con nuestros ojos y presenciar en tiempos reconocibles, no se podía predecir de forma alguna si el segundo y el metro se dividen en un millón de millones de partes iguales y se mide con esas nuevas unidades. En esas escalas “tan breves” y “tan pequeñas” las leyes que gobiernan los fenómenos no parecían ser las mismas. Y no lo son.

La Mecánica Cuántica surge entonces como una herramienta teórica salvadora. En realidad, se trataba de aplicar a la realidad física formas matemáticas de operar que habían sido desarrolladas al menos un siglo antes. Se renunció entonces a identificar cada una de las partículas de un sistema, como pueden ser los átomos y los electrones. Se les consideró como indistinguibles unos de los otros y entonces solo se consideró dónde es más probable encontrarlos. A la Mecánica Cuántica no le importa dónde está una partícula, sino la probabilidad de donde esté. Esto se hace también en nuestras escalas. Los que estudian las poblaciones humanas no se interesan por los nombres de las personas que habitan un sitio, solo en cuantas personas hay.

Gracias a tales concepciones esta nueva teoría física tuvo un éxito resonante en las primeras décadas del siglo XX. Logró predecir teóricamente con una gran exactitud el comportamiento de un átomo como el de hidrógeno, el más simple. Tuvo éxitos similares en varios casos más.

Pero entonces comenzó a galopar la imaginación. Aquellas ecuaciones tan diferentes de las de suma, resta, multiplicación y división que caracterizaban a la mecánica de Newton, la de nuestra escala, se convirtieron en un misterio por su extraña relación con lo que estábamos acostumbrados a ver y palpar en el mundo que nos rodea. Se quiso traducir el lenguaje matemático a la realidad de forma indiscriminada. Se llegó a usar una conocida relación matemática de conmutación, o no, de operadores para expresar una supuesta limitación de la naturaleza física, una “incertidumbre”. Se quiso subordinar el universo material a algunos desarrollos matemáticos. Los científicos que lo hicieron alcanzaron cierta fama a costas de ello, por lo esotérico y extraño de sus conclusiones. Llegaron a inventar “experimentos” y “microscopios” teóricos de escasa claridad para ilustrar sus fantasías derivadas de las operaciones matemáticas. También metieron gatos teóricos en cajas y los mataban o no, en dependencia del azar. Confundieron la naturaleza estadística de una teoría con la identificación de los objetos, que dejaría así de ser estadística. Jugaron a los dados con la naturaleza, como brillantemente ilustró Einstein, que siempre fue escéptico con estas veleidades.

Afortunadamente, la ciencia si es autocrítica y se comprueba a si misma constantemente, dejando atrás la fantasía gracias a la invariable necesidad de demostración de las verdades que lo son. Ojalá que ciertos políticos siempre fueran como Fidel cuando dijo en 2005 que el peor error que habíamos cometido era creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo. Todavía hay algunos que creen que la construcción y mantenimiento del muro de Berlín no fue un colosal error y que el de la Florida sebe reforzarse con medidas de más limitaciones de viajes a Cuba para los habitantes de los EE.UU.

Las más importantes revistas científicas han publicado recientemente artículos donde se demuestra que el universo es consistente y determinable aún en las llamadas escalas cuánticas. Entre ellos hay dos en la revista Nature que son demoledores. En uno de ellos se demuestra que los presupuestos estadísticos que se usan para resolver sistemas a escalas de átomos, moléculas, no se pueden usar para los sistemas complejos de nuestras escalas1. En el otro2, se llega a identificar un proceso de los que ocurre en el llamado mundo cuántico que hasta se puede predecir y revertir sin incertidumbres. Son muchos más los artículos recientes que desmontan fantasías y falsos misterios edificados en torno a la Mecánica Cuántica. Ya deberían estar contribuyendo a cambiar muchos libros de texto que han tejido leyendas de incomprensión y rareza para una teoría tan hermosa y útil.

 

Notas:
  1. Frauchiger, D.; Renner, R. Nature Communications 2018, 9, (1), 3711.
  2. Minev, Z. K.; Mundhada, S. O.; Shankar, S.; Reinhold, P.; Gutiérrez-Jáuregui, R.; Schoelkopf, R. J.; Mirrahimi, M.; Carmichael, H. J.; Devoret, M. H. Nature 2019.

Publicado el 15 junio, 2019 en Uncategorized y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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